Sin razón, devaluaron. Se han agudizado todos los problemas, sin siquiera poder abordar los más importantes y han resurgido otros que ya habíamos dejado atrás. A tal punto que el plan presentado por el ministro de Economía consiste sustancialmente en medidas que tratan de solucionar las complicaciones provocadas por la devaluación. No debimos abandonar la única política monetaria que ha tenido éxito en los últimos 30 años. La que nos permitió crecer y reinsertarnos en el mundo; duplicar el ingreso per cápita y tener los más altos índices de desarrollo humano de América latina durante el gobierno justicialista. Se adujo que «queremos tener una moneda nacional». En realidad, eso era lo que ya teníamos, una buena moneda nacional, convertible, a la medida de la desconfianza de los argentinos. Fue la mejor moneda que pudimos acuñar, porque fue decidida por el pueblo que la aceptó porque un peso era igual a un dólar, la moneda en que se refugió la gente para protegerse de las sucesivas estafas contra sus ingresos y sus patrimonios a las que fueron sometidos como en ningún otro país.
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Baste con recordar que la moneda anterior, el austral, perdió 10.000 veces su valor en sólo cuatro años. Por eso la Argentina no es un país «normal». El dólar se usa como guarda de valor y también como unidad de cuenta, la gente piensa y opera económicamente en dólares; lo que provoca un rápido traslado a los precios, que a pesar del hábito a la estabilidad de estos 11 años, ya empezó con fuerza diezmando salarios y jubilaciones.
Además, una devaluación exitosa no está hoy dentro de las posibilidades de la Argentina porque supone una férrea disciplina fiscal, que implica una gran reforma del Estado y recuperar la confianza de la sociedad en su dirigencia (que está en su peor momento) y en el sistema financiero, algo inviable en el corto plazo después de la debacle bancaria. Con respecto al equilibrio fiscal, real, no obtenido sin pago de intereses que igual siguen sumando, o sin incorporar el bono de subsidio a los bancos para enjugar las pérdidas provocadas por los distintos tipos de cambio, es evidente su dificultad. Basta sólo con observar que, además del desastre político de la Alianza, llegamos a esta situación por no bajar 1% o 2% del PBI en gasto público a tiempo, con lo que se hubieran recuperado la confianza, las inversiones y el crecimiento como ocurrió en todos los países exitosos del mundo (EE.UU., España, Italia, Chile, Irlanda o Suecia) de derecha o de izquierda.
El primer perjudicado por la devaluación es el fisco nacional que ya tiene una situación dificilísima con una deuda de más de $ 135.000 millones, denominada en 95% en dólares u otras monedas extranjeras. También están comprometidas las provincias. ¿Cómo podrán pagar en dólares si cobran impuestos en pesos devaluados? Esto sí será la quiebra del Estado y provocará un enorme aumento de la deuda pública, por todas las pérdidas privadas que se estatizan. Ya se habla de un costo fiscal de 15% del PBI (u$s 30.000 millones, casi lo mismo que aumentó la deuda pública en los 10 años de Menem). Se corre el riesgo de que ocurra lo mismo que con Alfonsín, que duplicó la deuda llevándola a u$s 96.500 millones para nada, sin crecimiento y sin bienestar.
•Dolarizar ya
Es necesario corregir el rumbo inmediatamente. Como la convertibilidad ha sido destruida, sin posibilidad de que la sociedad vuelva a creer en ella, hay que dolarizar ya. Técnicamente es posible, porque el circulante es de $ 10.000 millones; hay 10% de dinero deteriorado, roto o perdido ($ 1.000 millones) y se pueden dejar las monedas sin dolarizar ($ 500 millones). Es decir que con u$s 8.500 millones se podría avanzar ya mismo con una dolarización uno a uno, ya que las reservas son de u$s 14.000 millones, pero u$s 4.000 millones pertenecían a los bancos, por sus encajes. Podría también dolarizarse a otro precio del dólar; a 1,20 por ej. para disponer de más reservas. La asistencia a obtener de los organismos internacionales sería mayor si se dolariza y debería usarse precisamente para fortalecer el BCRA aumentando sus reservas para que pueda asistir al sistema financiero, que también se fortalecerá al eliminar el riesgo cambiario, uno de los componentes fundamentales del riesgopaís. Conviene apuntar que desde el punto de vista de la competitividad, nada va a tener mejor efecto que bajar la tasa y recuperar el crédito. Con un riesgo-país de más de 1.000 puntos ningún país crece...
Desde el punto de vista de la paz social también sería positivo. Es lo que quiere la gente. Traerá tranquilidad, recuperará confianza, funcionará como un ancla para la economía y será una política de shock que ayudará a salir de la recesión. Inclusive los ahorristas estarán mucho más dispuestos a esperar por sus depósitos si saben que recuperarán dólares.
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