Beirut - El entusiasmo popular y político en los países árabes provocado por la última Intifada se ha eclipsado, o por lo menos ha decaído notablemente.
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Los jordanos, cuyo reino cuenta con una mayoría de habitantes de origen palestino, que llegaron a organizar cientos de manifestaciones en su apoyo, desgastaron mucha de su energía, pese a que los partidos de la oposición siguen exigiendo en vano al gobierno el desistimiento del tratado de paz con Israel y la ruptura de sus relaciones diplomáticas, establecidas en 1994, un año después de los enterrados acuerdos de Oslo.
Esta prolongación del movimiento de lucha palestino pone, una vez más, entre la espada y la pared a los Estados árabes, indecisos ante la actitud a adoptar respecto de la Autoridad Palestina. El fluir del tiempo destapó esta vieja y destartalada caja de Pandora de Oriente Medio, con todas sus contradicciones y retóricas. Hasta el «rais» de Irak, Saddam Hussein, el más beligerante en sus declaraciones, ya no mantiene el mismo fervor ni saca a relucir espectacularmente su «ejército de un millón de voluntarios para liberar Jerusalén».
Ahora son, sobre todo, el régimen de Siria, cuyo presidente Bashar el Assad acaba de cumplir su primer año en el poder, y el movimiento islámico radical, incluido el Hizbollah libanés, los que están más empeñados en apoyar la lucha hasta el final.
Poco claro
Pero es precisamente la falta de claridad de los objetivos de Yasser Arafat la principal causa de esta incertidumbre y apatía de los gobiernos árabes. Los palestinos saben por experiencia que, incluso en situaciones muy claras -como su combate de 1970 contra el rey de Jordania o la guerra sin cuartel que les declaró Ariel Sharon en el Líbano en 1982-, por más que conmovieron a los pueblos no provocaron ninguna acción árabe eficaz para salvarlos de la derrota.
Este choque Sharon-Arafat se repite como en los días de la invasión del Líbano, avivando de nuevo el pretendido proyecto del general israelí de eliminar al líder palestino y desmantelar por la fuerza su organización.
La complicada situación en la dirección política palestina, presionada por Occidente y por algunos países árabes para que acepte un compromiso, a riesgo de una guerra civil, no ayuda a la adopción de actitudes decididas de los gobiernos de Oriente Medio. Pasados los primeros tiempos de euforia, muchos dirigentes y súbditos de estos estados no creen que la Intifada pueda ganar. Egipto y Jordania, incapaces de influir en los beligerantes, no están dispuestos a poner en entredicho sus relaciones con Israel, optando por fomentar la negociación.
Así, el presidente egipcio, Hosni Mubarak, se esfuerza en poner en orden la «casa árabe» a fin de conseguir la tan pregonada posición unificada, que aún no han logrado establecer los imprescindibles mecanismos para que la prometida ayuda financiera llegue a manos de los palestinos.
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