Washington - Cada mañana, a las siete y cuarto, Donald Rumsfeld, secretario de Defensa; Colin Powell, secretario de Estado; y Condoleezza Rice, consejera diplomática del presidente Bush, hablan por teléfono. También almuerzan una vez por semana. Esto no quiere decir, sin embargo, que se lleven bien ni que tengan las mismas ideas sobre el papel que Estados Unidos debe interpretar en la escena internacional. De hecho, la pulseada con China a raíz del avión espía demuestra que hay una profunda disparidad de criterios entre el Pentágono y el Departamento de Estado, mientras la Casa Blanca es un árbitro que, de momento, no sabe muy bien qué ha de pitar.
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Por un lado, Bush tiene a los halcones del Pentágono, que no están dispuestos a ningún compromiso con China. Pero, por otro lado, el Departamento de Estado y los empresarios le recuerdan que hay una sólida relación comercial que no conviene arriesgar.
Hace once semanas, George W. Bush llegó a la Casa Blanca con ganas de cambiar el rumbo de la política exterior, y las decisiones que ha tomado desde entonces han causado sorpresa en Asia y en Europa, donde se habla del nuevo unilateralismo americano. El escudo antimisiles, la expulsión de diplomáticos rusos, el abandono del protocolo de Kioto, la suspensión de las negociaciones con Corea del Norte, la venta de armas a Taiwán, los ataques contra Irak, las pocas ganas que tiene de mediar entre israelíes y palestinos, y el perfil bajo en los Balcanes son asuntos para los que Bush sigue sin haber diseñado todavía una estrategia diplomática.
Inseguridad
Lo que ha hecho hasta ahora ha sido improvisar y depende de sus asesores porque, como él mismo admite, sabe muy poco de relaciones internacionales. Esta inseguridad alimenta la rivalidad entre el Pentágono y el Departamento de Estado.
Powell es partidario de mantener los compromisos internacionales, mientras que Rumsfeld prefiere el «unilateralismo paralelo», es decir, respetar los acuerdos, pero sólo si protegen los intereses de EE.UU. Así, puede romperse el protocolo de Kioto o acabar con el tratado AMB. Las diferencias en la administración Bush son públicas y tan contradictorias que perjudican la coherencia. Sin ella es imposible marcar el tono en la escena internacional. Bush, por ejemplo, anunció que no limitaría las emisiones de dióxido de carbono después de que la secretaria de Medio Ambiente asegurara que el presidente mantendría esta promesa electoral.
Powell quiere reducir las sanciones a Irak, pero aumentando el control a las importaciones para evitar que compre armas. Rumsfeld, sin embargo, prefiere armar a la oposición. Las dos posturas son contradictorias. Está claro que mientras Powell se contenta con gestionar el mundo, Rumsfeld quiere transformarlo. Al final, sin embargo, las ideologías acostumbran a morir aplastadas por el pragmatismo.
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