19 de noviembre 2000 - 00:00

La historia premia a los candidatos que perdieron

Washington - Vince Lombardi, legendario entrenador de fútbol americano, solía decir en los años '60 que ganar no es lo más importante: es lo único importante.

Esta filosofía tan competitiva es la misma de los políticos estadounidenses. En un sistema en que el ganador se lo lleva todo no tiene sentido quedar segundo, pero esta vez las ventajas de llegar segundo a la presidencia son sustanciales.


Sea el republicano
George W. Bush o el demócrata Al Gore, el que acabe viviendo en la Casa Blanca tendrá un mandato frágil y una coyuntura complicada.

En Washington se habla ya de «fragildencia» en lugar de presidencia. Es algo con lo que tuvieron que cargar los tres presidentes que ganaron in extremis y sin la mayoría del voto popular:
John Quincy Adams (1824), Rutherford B. Hayes (1876) y Benjamin Harrison (1888). Los tres lo pasaron mal y ninguno fue reelecto.

A las presidencias débiles, además, suelen sucederles presidencias fuertes.
Reagan tuvo dos mandatos después de Carter y Clinton ha tenido otros dos después de Bush padre. Que algo similar puede pasarle al próximo presidente, tanto demócratas como republicanos lo consideran muy probable.

Pronóstico

Robert Torricelli, senador demócrata de New Jersey, declaró a «The Washington Post» que Bush o Gore lo van a tener dificultades en los próximos cuatro años para gobernar: «Lo más posible es que la economía decaiga. Ninguno tendrá un mandato fuerte».

La ambigüedad de su mandato será el primer problema que tendrá que resolver el próximo presidente.


Las elecciones han acabado en empate. Hay dos ganadores o dos perdedores. Ni Bush ni Gore han podido traspasar los límites de sus propios partidos. Bush no ha conseguido recuperar a los demócratas que votaron a Reagan y Gore no ha podido mantener el apoyo de los republicanos mode-rados que auparon a Clinton.


Esta debilidad no ayuda a tapar la zanja abierta en el Congreso y que amenaza con paralizar la vida parlamentaria hasta las elecciones de 2002.


Las heridas del «impeachment» siguen abiertas. El compromiso entre republicanos y demócratas parece imposible y el sistema político no lo favorece. En Washington siempre hay quien piensa que puede ganarlo todo. El pacto sólo es viable cuando la alter-nativa es quedarse sin nada.


Además, el compromiso es imposible sin confianza, y cada partido cree que el otro trata de robarle una presidencia que ha ganado justamente.


Si gana Bush, los demócratas deslegitimarán su triunfo diciendo que Gore ha conseguido más votos populares y que el gobierno de Florida, con
Jeb Bush a la cabeza, ha amañado las cosas. Si gana Gore, los republicanos hablarán de golpe de Estado, como dice «The Wall Street Journal». Resurgirán teorías conspirativas y se dirá que Gore ha sido capaz de todo, hasta de violar la ley, para alcanzar la presidencia.

Este largo epílogo electoral está provocando tanta acritud entre demócratas y republicanos que será muy difícil legislar en el Parlamento más divi-dido de los últimos 20 años. En la Cámara de Representantes, hay 221 diputados republicanos y 212 demócratas. En el Senado, a falta de aclarar un escaño, la división es 50-49 a favor de los republicanos.


Descreimiento

El panorama es idóneo para que Bush pueda realizar la promesa central de su campa-ña: acabar con la división en Washington y empezar de nuevo. Muy pocos, sin embargo, incluso dentro de su propio partido, creen que sea posible.

Las previsiones son tan malas que muchos republicanos y demócratas cruzan los dedos para que gane el contrario. El partido que esté en la Casa Blanca seguramente perderá votos en 2002 y no podrá evitar que surja un rival muy fuerte en 2004. Es posible que sea el candidato que ahora quede segundo. Pocas veces puede encontrarse tanto consuelo en una derrota.

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