23 de enero 2001 - 00:00

Los violentos siguen ganando

Si cada vez que se produce un hecho irracional dentro de un estadio de fútbol, o en sus inmediaciones, todas las partes involucradas en el espectáculo van a decir que lo que hicieron estuvo bien, la violencia no terminará jamás. Es más, le siem-bran el terreno para que germine una y otra vez. En el primer superclásico del año entre Boca y River, jugado en Mar del Plata, volvieron a ganar los violentos. Estos nuevos hechos sugieren que, de no existir una comunión definitiva entre los encargados de erradicarlos, seguirán generando más desorden, propagando el pánico y poniendo en riesgo la vida de los que sólo van a ver fútbol.

Si un sector de la Policía Bonaerense aseguró haber actuado correctamente, al mismo tiempo que desconoce la chispa que encendió la represión, si el árbitro Héctor Baldassi justificó su determinación de no suspender el encuentro en el primer tiempo porque consideró que estaban dadas las condiciones para seguir jugando, si los jugadores siguen pensando que la violencia no es un tema que pueden resolver ellos y si, en definitiva, cada uno sólo se dedica a defender sus intereses, nunca se va a encontrar la solución.

Para erradicar la violencia lo primero que hay que hacer es sacarse la máscara.

El comisario inspector Deraldo Luziaga, encargado del operativo de seguridad del partido, aseguró que «no es la primera vez que la Policía actúa de esa manera», para incluso agregar que «hicieron lo mismo en la popular de Boca unos minutos antes de comenzar los desmanes en el primer tiempo». De esta forma, desplazó la discusión sobre el inicio de los disturbios a una agresión de los hinchas hacia la Policía y desligó de responsabilidad a la fuerza de seguridad en el control del ingreso al estadio: «No sé si no se controló bien el ingreso del público o la bandera de la discordia pasó por otro sector».

Además, aunque admitió haber dado la orden para que los agentes se dirigieran a la tribuna a quitar la bandera, no dijo haber autorizado la represión y aseguró no saber exactamente por qué pasó lo que pasó.

Cordura

Los jugadores también están equivocados si creen que quedan exentos de la posibilidad de luchar contra la violencia. Ellos, junto a sus directores técnicos, tienen la obligación de mantener la cordura, de no incitar a que la gente se violente, como hizo Antonio Barijho al ir a gritarle el gol de Boca a la hinchada de River. Así como también lo hizo Sebastián Abreu, cuando en el partido con River arrojó su botín como ofrenda a su hinchada, gene-rando cierto descontrol. Tampoco Américo Gallego puede demostrar su descontento con Baldassi diciendo a los cuatro vientos que «acá en Mar del Plata, Boca siempre tiene que ganar» aunque después reconoció que las agresiones sufridas por el juez de línea «ponían en peligro su integridad física y por ese lado está bien que se haya suspendido». Pero repitió una y otra vez que «todo se tendría que haber parado en el primer tiempo y no cuando Boca ganaba 1 a 0».

Gallego puede llegar a tener cierto grado de razón si se analiza que el encuentro recién se suspendió cuando Baldassi vio que corría peligro la integridad física de su colega, el juez de línea Juan Milone, y no cuando los incidentes se produjeron en las tribunas -fueron en la de River como pudieron haber sido en la de Boca-.

Interna

Siempre, en estos hechos de violencia, también se trata de sacar réditos personales. El ex árbitro Javier Castrilli, designado secretario de Seguridad Deportiva de la provincia de Buenos Aires, dijo que se investigarán hasta las últimas consecuencias los graves incidentes ocurridos en Mar del Plata y sentenció enfáticamente: «Necesitamos que las autoridades deportivas sancionen actitudes como las de Barijho o la de Abreu y nosotros vamos a arbitrar todos los medios para que esta clase de gestos no se vuelvan a producir, porque incitan a la violencia. Estamos en comunicación permanente con los gremios de los futbolistas para que estas cosas no vuelvan a suceder».

En medio del caos por la suspensión del clásico se vivió un nuevo round de la interna entre los árbitros, que culminó con la renuncia de Castrilli, hace ya tres años.

«Ese es el que vendió a los árbitros», le dijo Baldassi, levantando la voz a un policía que lo acompañaba y señalando a Castrilli, quien dialogaba con la prensa.

Por su parte, Castrilli sin mencionarlo criticó a Baldassi por no haber sancionado a Barijho. Desde el ámbito político el diputado justicialista Daniel Scioli solicitó, una vez más, al Ejecutivo que se trate en forma urgente la ley de su autoría sobre la violencia en espectáculos deportivos. El proyecto de Scioli modifica la ley De la Rúa haciendo responsables por la seguridad a los organizadores del evento deportivo, garantiza el derecho de admisión y agrega una pena de uno a seis años de prisión a quien facilite entradas o dádivas a los barras bravas.

Sin embargo, en el marco de este descontrol, surgió una autoridad responsable, capaz de asumir errores y convirtiéndose en un ejemplo para aquellos que tratan de eludir responsabilidades. El jefe departamental de Mar del Plata, comisario Ricardo Triches, reconoció que fue inadecuada la orden para que la guardia de infantería ingrese a la tribuna de River, suceso que desencadenó los graves disturbios. También el gobernador Carlos Ruckauf tomó cartas en el asunto y anoche pidió. que se otorgue el pase de disponibilidad al comisario inspector Luziaga.

Ahora, y como siempre sucede, el desempeño de la guardia de infantería quedó en el centro del debate. Sin embargo, resulta lamentable que tras los incidentes originados en la tribuna de River no se haya producido ninguna detención. Todo quedó como antes: con heridos, con un partido suspendido y sin detenidos. El debate sigue abierto aunque no hay soluciones a la vista.

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