"Hicieron trampa, Diego Yofre hizo trampa!", gritaba Gregorio Carreras, «el Negro», provocando con su ira todavía más placer a Fernando de la Rúa, quien acababa de ganarle, en compañía del presidente del BICE y Angel, el profesor del club Los Acantilados, los nueve hoyos jugados el domingo por la tarde. Sin la agresividad de Carreras (es el mejor amigo de De la Rúa, no tiene cargo público y, por lo tanto, puede permitirse esas expansiones), el presidente del Banco Nación, Enrique Olivera, y el secretario de Turismo, Hernán Lombardi, murmuraban en voz baja porque también habían perdido. Con Juan Petracchi, el yerno del Presidente, ése fue el grupo de golfers que acompañó a De la Rúa durante el fin de semana, en Chapadmalal, donde cada uno de los perdedores tuvo su castigo. Es cierto que el torneo del domingo fue el tercero, pero los dos anteriores, de nueve hoyos cada uno, resultaron empates.
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Para el último, las penalidades fueron desparejas. A Olivera le tocó pagar el agua mineral de la comida (no porque no tomaran vino sino porque nadie esperaba que lo fuera a pagar). Carreras debió hacerse cargo de los sorrentinos y la salsa. Pero el más castigado fue Lombardi: De la Rúa lo obligó a fijar fecha de casamiento, delante de su novia Vivian Sanz y del cura de Punta Mogotes que asiste las depresiones en la residencia de Chapadmalal. A regañadientes, el secretario habló de junio, pero el sacerdote pidió precisiones -no se podía perder la fecha-y ofreció su ministerio: «Bueno, 16 de junio», apuntó Vivian. Lombardi asintió, como si le hubieran rodeado la manzana. Sólo a Yofre se le ocurrió objetar la fecha «porque puede haber bombardeos». Pero, por coquetería, pocos acusaron entenderlo (se refería a los ataques de los aviones sublevados contra Juan Perón sobre la Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955, asonada de la cual su padre no estuvo exento).
Pequeño festejo
De improviso, la definición de Lombardi abrió paso a un pequeño festejo en la casa junto al mar. Además de los amigos del Presidente, su esposa había convocado también a «su barra»: María Elena «Ñaña» Gallagher, Mercedes Cantilo, María Carbó (esposas de Carreras, Yofre y Olivera) y sus primas Urien, vecinas de Marayui, el country en que derivó el casco de los Zorraquín (inimaginado destino por la familia: allí han jugado golf peronistas y ahora radicales). La charla demostró imaginación culinaria: alguien se abrazó a la tesis de que los sorrentinos son originarios de Mar del Plata, a pesar de que su nombre los haga provenir de una ciudad del sur italiano. El balneario y el calor suelen atribuirse ese tipo de paternidades: «Dicen que la salsa golf la inventaron en el Golf Club Mar del Plata», comentó con versación culterana una de las señoras amigas de Inés, pero ninguno de los deportistas sentados a la mesa supo contestarle.
Como alguien comentó que David Rockefeller se había entrevistado esa tarde con Fidel Castro se informó que el próximo huésped del comandante será Henry Kissinger. Pero apenas se pudo avanzar con el tema. Un colaborador de De la Rúa trajo una guitarra, y el cura, de inmediato y para sorpresa de todos, comenzó a bordonear. Primero, unos clásicos folklóricos. Después, ya entrado en tema, el sacerdote completó con boleros. Para las damas, claro. También para Lombardi, quien más o menos voluntariamente definió su biografía por una mala tarde de golf.
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