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Vuelve "Hospital de Niños en el Sheraton Hotel"
No se podría decir que son un atentado literario ni una escaramuza intelectual, apenas una incursión por sus propias vidas que ellos entienden importantes (el narcisismo es una condición indispensable en todo militante de minorías, mucho más si es clandestino), significativas presuntamente de una época trágica.
En estos tiempos que las biografías o las memorias de cocineros, futbolistas, gobernantes o modistas inundan los mercados, se comprenden estos negocios editoriales con olor a pólvora. Más si están dirigidos a un público de clase media alta, con 50 años para arriba, consolidados, como es el caso de los autores. Algo así como los baby-boomers de la Bolsa norteamericana.
Son diferentes, claro, Miguel Bonasso («Diario de un clandestino») y Rodolfo Galimberti («Galimberti de Perón a Susana, de montonero a la CIA»). También sus textos, uno realizado por mano propia como corresponde a su oficio complementario, el otro con la asistencia de dos colaboradores que, para no ser tildados de amanuenses, también hicieron su «propia investigación del personaje» (correcto, además para este caso, ya que Galimberti habla mejor de lo que escribe). Bonasso ya incurrió en la profesión de imprimir papel (de su venerado dentista, el «Tío» Cámpora, a una biografía de Alfredo Yabrán), mientras su «cumpa», «Galimba», es una de las pocas actividades que no asumió aún en su vida.
Son distintos además porque cuando uno llegó al movimiento el otro ya era jefe y estaba en la tapa de los diarios y revistas, aunque en edad sean comparables, también porque la violencia «necesaria» en uno pasó más por la palabra y el escritorio mientras que al otro ese modo de encarar las cosas aún le debe ser tan vital como el desayuno con jugo de naranja recién hecho.
División en el exilio
Por otra parte, tampoco se adoran: hubo dinerillos que los dividieron en el exilio, al margen de otras distinciones. En suma, representan parte de aquella «juventud maravillosa», gracioso calificativo del cual Juan Perón se arrepintió de haber pronunciado; los mismos que prometían «lo lindo que iba a ser el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel» y hoy se reputan como serios por invocar mensajes de la embajada norteamericana luego de tocar el timbre en la mansión Bosch.
Lo cierto es que ambos, parte de un grupo taumaturgo que convocó adherentes por miles gracias a un fantasma -que, al hacerse realidad, los devaluó hasta la insignificancia-integraron con cierto relieve un período nefasto del país y, con distinto sino, expresaron el objetivo pequeño burgués de salvar el mundo inmolándose con una granada en el bolsillo. Por esa gracia de Dios murió y fue masacrado un contingente de jóvenes, la réplica sangrienta de otros que también se suponían bendecidos por Dios. La fe mueve montañas.
Por la vida se transcurre como se quiere o, en la mayoría de los casos, como se puede. Por lo tanto, ninguna objeción merecen los textos, más allá de las interpretaciones históricas que puedan cometer.
Tampoco el propósito comercial de los editores, ni el interés crematístico de los autores. Preocupa, en cambio, que estos dos libros, al margen de revolver la memoria de muchos e iniciar a otros en ese ejercicio al que difícilmente puedan entender con sensatez, son presentados por dirigentes políticos que pretenden enlazar generaciones presentes con futuras (o actuales, para ser más justos). En la vernissage de Bonasso, en la Recoleta como corresponde, se sumaron el dúo sindical Moyano (Hugo)-Palacios (Juan Manuel), ex militares como Cesio y D'Andrea Mohr, otro montonero expectante de la época, Dante Gullo (¿no será hora de que el «Canca» también edite sus memorias?), el ahora frepasista y titular de la SIGEN, Rafael Bielsa -un apasionado casi irremediable por los hechos de los '70- y el matrimonio Kirchner, gobernador y senadora, que dominan Santa Cruz y expresan una línea interna dentro del PJ.
Ilusión temeraria
Pero, de ahí a que los jóvenes de hoy o los de mañana sean como algunos de los montoneros del '70 -casi nada politizados y mucho menos ideologizados por otra parte, al menos si se los confronta con el ERP o las FAP-parece cuando menos una ilusión temeraria. ¿Quién aspira a que su hijo circule con una ametralladora encima o una pastilla de cianuro en la boca, ajusticie a otro argentino que piensa distinto, padezca tortura o sea ejecutado en forma vil? ¿Acaso los jóvenes desean la transacción de ganar una libertad para perder otras, totalitaria idea que anidaba en Montoneros? Ya más puntilloso, uno podría preguntarse: ¿habrá imberbes que todavía piensen en volver al estatismo como solución de vida?, concepto básico de aquella organización. Habría numerosos interrogantes más para quienes reclaman el tendido de puentes -Benedetti todavía está en la conciencia de muchos-, que no entendieron a Perón, lo defendieron a su modo pero lo aprovecharon especialmente, y que ahora ni siquiera registran el paso de Menem por la Presidencia o la incidencia global de la Internet. Ni sospechan que si algún joven extravagante desea sexo desesperado, no se le ocurre estar insomne con su pareja detrás de una puerta esperando que lo busque la muerte sino que se las arregla mínimamente con una bolsita de plástico.


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