8 de septiembre 2006 - 00:00

Barreal, un refugio al pie de los Andes

Escribe Florencia Arbeleche Enviada especial a San Juan

San Juan - Cuando se piensa en San Juan surgen dos postales inevitables: Parque Provincial Ischigualasto (Valle de la Luna) y Domingo Faustino Sarmiento. Sin embargo, esta provincia ofrece infinidad de opciones, mucho menos populares claro, pero igual de atractivas y cautivantes.
Una de ellas es el denominado Circuito Oeste, que se extiende hacia la Cordillera de los Andes en abrazadores valles que con extraordinario ímpetu dibujan un paisaje único.
Barreal, una pequeña localidad ubicada en el Departamento de Calingasta, tiene el raro privilegio de estar enclavada en el valle formado entre la precordillera sanjuanina y los impetuosos Andes. Es, sin duda, un verdadero oasis al pie de la montaña.
Se llega por la mítica Ruta 40 hacia el norte, pasando por Talacasto y desde allí empalmando con Ruta 412, por la Quebrada de las Burras, una flamante obra vial que atraviesa parte de la denominada Ruta Sanmartiniana. El tramo final directo hacia Calingasta se realiza por la Ruta Provincial 12, aún en reparación.
La primera parada son las Ruinas de Hilario, antiguas fundiciones metalíferas y, a escasos metros, el Cerro Alcázar. Vale la pena tomar contacto con este gigante de piedra que aflora de la Sierra del Tontal y mezcla sus formas irregulares con la policromía de ocres, amarillos, verdes y grises. Marcelo Cricco, guía experto y conocedor de historias mínimas, cuenta una leyenda: en tiempos de la colonia, un cacique secuestró a una española, enamorada de su raptor, y el Alcázar fue su refugio. Pero al ser descubiertos por los españoles, el cacique y su compañera subieron a caballo hasta lo más alto del cerro y se lanzaron al vacío. Algunos aseguran, incluso, que de noche pueden escucharse los cascos fantasmales de los caballos en fuga.
El visitante de Barreal debe saber, antes de internarse entre sus álamos a contemplar un cielo que casi 300 días al año está despejado, que en el pueblo no hay Internet, ni llegan los diarios.
La televisión satelital es el único contacto con el resto del mundo, así como la telefonía, si es que el impiadoso Zonda no hace de las suyas.
En sus calles de tierra andan en paz caballos, niños en bicicleta y habitantes de una comuna que en los últimos años fue visitada por alemanes, holandeses, estadounidenses, australianos, coreanos, japoneses e italianos, entre otros.
Barreal es el punto exacto para alejarse del «mundanal ruido».
Es ideal para realizar todo tipo de actividad vinculada al turismo de aventura, rafting en el río Los Patos, trekking, cabalgatas y andinismo; salidas guiadas que se pueden contratar desde el centro de la ciudad con opción de travesía de media y alta dificultad.
Pero, sin duda, el atractivo mayor de la zona andina de Barreal es el Cerro Mercedario, de 6.770 metros de altura, que compite con su par mendocino, el Aconcagua, de 6.959 metros, el más alto de América.
Para quienes gusten del avistaje de aves y animales exóticos, la opción es el Refugio de Vida Silvestre Los Morrillos, reserva natural y arqueológica que permite tomar contacto con suris y guanacos, además de acercarse a pinturas rupestres y petroglifos, testimonios de la presencia aborigen en la zona.
Hacia el llano, las hosterías y cabañas del lugar se jactan de que en sus enormes parques sólo se escucha el graznido de los piuquenes, aves que bajan de la cordillera escapando de la nevada, o el rebuznar de algún burro inquieto.
La hospitalidad de los habitantes, sumada a la de los dueños de las hosterías, invitan al turista a adentrarse en los secretos del pueblo.
Una de las opciones es hospedarse en La Querencia, una pequeña construcción ubicada frente a la cordillera.
Otras posibilidades son El Alemán y San Eduardo, donde además se sugiere almorzar o cenar, pero no dejar de probar la cerveza artesanal del lugar que motivará la organización del primer Oktoberfest.
Una recomendación: escuchar las historias de vida de quienes dejaron la civilización para escapar al campo.
Entonces se encontrarán con la historia de Berni, un ingeniero alemán que llegó de Hamburgo a trabajar en Buenos Aires, pero que un día se cansó y enfiló para Barreal con su mujer.
También es interesante la historia del matrimonio de Adela y Carlos que cambiaron su ajetreada vida citadina para fundar La Querencia y reciben a los turistas cada día con una sonrisa.
O la del ex corredor Fórmula 1 Ricardo «el colorado» Zunino que a una vieja casona de campo familiar transformó en la posada San Eduardo.
Barreal impresiona por sus cielos sin nubes, de día y de noche, que contrastan con los glaciares eternos del impetuoso cerro Mercedario.
La limpieza de sus cielos motivó que a pocos kilómetros de allí se instalara el Complejo Astronómico Leoncito que también puede visitarse, así como el Parque Nacional del mismo nombre que lo contiene. Frente al acceso al Complejo Astronómico se encuentra la planicie de Barreal Blanco (ver recuadros en esta misma página).
Para intrépidos y con más tiempo, es recomendable animarse al cruce de los Andes por el camino que usaron las columnas del Ejército Libertador del general José de San Martín. Se trata de una expedición de seis días por el paso de Los Patos, desandando el recorrido que hiciera la columna principal del ejército integrada por los batallones 1, 7, y 8, el Batallón de Artillería.
Antes de volver a la civilización, es un deber hacerle otro guiño al silencio o al latido de la tierra, internándose en los valles que afloran sin titubear y se funden en amplios sembradíos de ajos, hoy principal riqueza de esta localidad algo ignorada como punto turístico de referencia.

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