Charlas de quincho

Secciones Especiales

Primeros festejos en Punta del Este (y primeros saqueos en una zona de alta inseguridad). Estuvimos en la glamorosa recepción de una marca top de indumentaria, con el tout esteño en empresarios, periodistas y deportistas: inevitables, allí, algunas sabrosas infidencias que le transmitimos al lector. Del otro lado del Plata, un cóctel más humilde (austeridad bonaerense por mandato de su gobernador) permitió, en cambio, acceder a detalles acerca de un sospechable nuevo impuesto, y al cotilleo acerca de la boda casi íntima de la hija de un (¿ex?) político con afanes periodísticos. Para terminar, regresamos, con fuegos artificiales, al esplendoroso cumpleaños de un empresario. Veamos.

  • Empezó la temporada en Punta del Este con la primera fiesta glamorosa, el primer accidente y los primeros robos. Veraneo a pleno, como siempre. El tropiezo automovilístico lo tuvo Guillermo Coppola, volcó varias veces con su auto en la ruta y salió ileso (al día siguiente, ya tomaba champagne de alegría por el milagro de salvarse, cuestión de no perder la costumbre). Saturará todo enero con el cuento del siniestro, será una novela apasionante de mil páginas cuando llegue el fin de mes. Para no variar costumbres, a pesar de que cambiaron al comisario de Maldonado, en La Barra -sobre la misma playa- le entraron a hurtadillas a un famoso abogado argentino y le sustrajeron dos computadoras y otros enseres. Más grave, sin embargo, fue un episodio en la Parada 7 de la Mansa: armados, unos ladrones les vaciaron dos casas que alquilaban a familias brasileñas. También saquearon la casa del presidente del Banco Safra, quien llegó al balneario en un avión de 85 millones de dólares. Sencillamente, el banquero dijo: «No vuelvo más a este lugar». Se enteró, por ejemplo, de que de La Barra a José Ignacio hay sólo 5 policías, un patrullero y dos motos. Y que este año, al revés de otros, ni siquiera llegaron efectivos desde Montevideo. Debe ser para alentar el turismo y las inversiones, casi una historia arrancada del panorama bonaerense argentino, pero con mar.   

  • Pero en «La Huella» de José Ignacio, con una multitud de invitados (entre ellos una de las víctimas del robo), casi nadie reparaba en esos detalles de seguridad, festejaban la presentación anual de Lacoste con un sistema de ingresos más estricto que el de la Casa Rosada, impensable que se filtrara Antonini Wilson y menos ocultar una valija. Cada convocado debía portar un precinto para la muñeca, luego superar dos controles para el nombre y el apellido: sólo faltaba presentar el documento. Es que los organizadores de Lacoste, con Juan Navarro como anfitrión -lucía un estilo Bielsa, saco crema y remera negra de cuello redondo, quizás el único toque kirchnerista de la reunión-, se afanaron para no repetir experiencias pasadas, cuando una multitud de curiosos burló los cordones, ingresó por la playa, se codearon frenéticamente con famosos y, sobre todo, merodearon a modelos atractivas. Entonces, redujeron de mil a 700 los invitados para mejor contención del lugar, y el recorte, sobre el que no debe haber influido Guillermo Moreno, no se concentró en las pimpantes señoritas que invitan a terremotos, ésas que convierten en petiso a cualquier hombre -bueno, a cualquier hombre entre 1,70 y 1,80 de estatura-, sobre todo una media docena de pulposas norteamericanas que, calzadas con tacos aguja, estaban más para competir con Ginóbili en la NBA que para lucirse en la reunión. Festival de la carne para una empresa de indumentaria, típico de Punta del Este.

  • Ya antes de ingresar se ofrecía caipiroska y whisky, apenas se sorteaban los controles aparecían las bandejas con pompas de siri, empanaditas, pinchos de chipirones y pollo, no fuera a ser que el alcohol encontrara estómagos vacíos. Saludaba el propio Navarro, también Rudy Gotlib, había personajes con capas, trenzas, mezclas generacionales, idiomas varios -además del castellano, inglés, francés y portugués- y otros con coloridos atuendos, como Pedro Stier, que exhibía un pantalón rojo tan llamativo que, según mentas, servía para alertar que no se le acercara Gerardo Werthein (con quien mantiene una camorra inextinguible desde los 90). Estaban los de las nuevas parejas o relativamente recientes, tipo el propio Werthein, Cristiano Rattazzi o Constancio Vigil, también los clásicos matrimonios como Mariano Grondona, Carlos Fontán Balestra, Jorge Aufiero, Santiago Soldati, Teddy García Mansilla, Jorge Pereyra de Olazábal, Alejandro McFarlane, Jorge de Luján Gutiérrez de «Gente», Bruno Quintana, Alejandro Estrada, Fernando Marín. También algunos solitarios, como Rosendo Fraga con su hija Inés, Jorgito Brito y Marcelo Open, desopilante con la organización de su farra esta noche en su chacra Las Rosas, un mega joint venture con Cipriani de impensables desenlaces a realizarse en la cancha de fútbol entoldada para la ocasión. Una segura invitada, de esas bilingües o trilingües que no se sabe dónde aprendieron idiomas por la facilidad para hacerse entender o aceptar, le sugería al itinerante abogado y motoquero: «Me parece que la gente debería ir vestida, pero luego al entrar tendría que quitarse la ropa para donarla como caridad y que todos, luego, continuaran hasta la mañana en bolas».
    Como estaba el nuevo DT de River, Diego Simeone -a quien el gremio del fútbol le admira ciertos hábitos liberales de vida contraídos en Europa, no frecuentes en el subdesarrollo-, se hablaba de las penurias del club de Núñez. Unos, en defensa de la conducción de José María Aguilar, quien pena -dicen- porque cortó algunos gastos y desde entonces ha sido sometido al imperio de quienes fueron privados de esos ingresos (les atribuyen la formación de barras bravas, de cuidacoches o controles que viven de la reventa de entradas, lamento que le hicieron a quien fue ministro del Interior, Aníbal Fernández, quien los despidió diciéndoles: «Arréglense como puedan»). Otros, críticos furiosos porque el equipo no gana, les imputan arreglos económicos con las transferencias de futbolistas y aseguran que ya planifican un nuevo negocio con la venta de los palcos. Parece que éstos son codiciados por las empresas, las que se pelean por la disponibilidad sin importarles los costos (por dos años, hoy valen 40 mil dólares) y que arbitran un sistema para volverlos a vender antes de dejar el gobierno sin respetar el derecho de preferencia del locatario anterior (debe ser, sin duda, un buen negocio: Independiente ya vendió todos sus palcos antes de empezar a construir el nuevo estadio). Pero esas cuestiones institucionales eran menos divertidas que los comentarios sobre la casa de los Simeone en Nordelta: tiene un estilo tan moderno que casi nadie la aprueba, de lejos parece de aluminio y la mejor definición de la vivienda se le concede a un gracioso golfista profesional que la observó a la distancia: «Parece el hospital de Villa Allende».   

  • Proseguía el alboroto musical en «La Huella», ya con platos contundentes ( ceviche, carne con guacamole) y más bandejeadas, con mozos aventureros que cruzaban la marea humana -como en un partido de fútbol o en un shopping atestado- que se desplazaba por los ambientes del restorán, sus distintos pisos y una inmensa carpa levantada sobre la playa. Más para mirar que para escuchar, aunque Fraga y el hijo de Eduardo Costantini hablaban del real state en Punta del Este, del progreso inmobiliario en dirección hacia Garzón y La Coronilla, luego de que explotaran la Punta, La Barra, Manantiales, Punta Piedra, José Ignacio. Es una visión para los próximos diez años, aseguraban, mientras un veterano apuntaba: «Yo en 10 años no sé dónde voy a estar y si les hago caso, voy a creer que piensan invadir Brasil con emprendimientos a lo largo de toda la costa».

  • Marín hablaba de Racing y de alguna campaña en su contra, Stier proponía a los revolucionarios de izquierda la «reforma petrolera» en lugar de «la agraria» y Grondona, más modesto, se preocupaba por su fiesta a principios de año. Por supuesto, quienes podían dialogar en el gentío opinaban sobre el viaje de Néstor Kirchner a la negociación de los rehenes, en Venezuela; consideraban varios que esa decisión -montada en el voluntarismo humanitario para los creyentes, y para los no creyentes, en un desvío mediático para ocultar con un tema distinto algunos otros de su pasada administración- en verdad lo alejaba más de los Estados Unidos y lo acercaba a la hermandad bolivariana de Hugo Chávez (aunque, a decir verdad, en otros planos no hay tanta prosperidad amistosa: no se habilitó a Pedevesa para incluirla en la operación de YPF y tampoco para que esta empresa participara de un acuerdo con Esso). ¿Estaba ese repentino acercamiento en los planes de gobierno de Cristina de Kirchner, esa profundización amistosa era el cambio que se anunciaba en la campaña electoral? Pregunta y respuesta obvias, contrarias a todo lo que se mencionaba antes desde la Casa Rosada y que muchos columnistas se ufanaron de publicar.
    Mientras, algún memorioso entendía que resultaba absurdo mostrar a Washington contrario a esa negociación de rehenes cuando el propio gobierno de Bush, hace unos meses, salió a apoyar el intento del jefe venezolano y recibió con ese propósito al canciller de Venezuela.   

  • Otros se lamentaban de que la Argentina no se hubiera pronunciado contra el secuestro de personas, el mantenimiento en cautiverio por lustros de gente inocente por parte de la guerrilla colombiana, sobre todo por parte de una administración que ha hecho de los derechos humanos casi el sentido de su vida. Por fin, alguien que había dialogado con el mandatario de Colombia, Alvaro Uribe, en su breve visita a la Argentina, señaló que éste aseguró que la nueva actitud negociadora de los insurgentes obedece a que han logrado, con respaldo de otros gobiernos, cierto control bancario sobre el movimiento de dinero que le proveía el narcotráfico. Y que este celoso operativo financiero de ahogo pudo más que las acciones militares emprendidas por los distintos gobiernos desde que hace varias décadas empezó la acción armada Marulanda hablando de revolución, palabra que hoy no parece figurar ya en su diccionario. O sea, lo del canje de prisioneros -según este punto de vista- es una maniobra de distracción para salir de la asfixia económica. Tanto hablar de pólvora que, de pronto, como principio de una segunda fiesta más activa, empezaron los fuegos artificiales, casi una obligación en cualquier celebración puntaesteña.

  • Cóctel más módico en la provincia de Buenos Aires, en la sala 30 de la Cámara de Diputados -allí es donde se concretan las operaciones legislativas más importantes-, aunque con una presencia casi insólita: Daniel Scioli. Nunca, antes, un gobernador había participado de ese evento. Fiel a su estilo, agradeció inclusive lo que no había que agradecer -sanción de leyes que estaban aprobadas de antemano- y nada dijo sobre un nuevo impuesto, del que todos recelan y que a él se le torna imprescindible. Es que, sin hablar nunca mal de Felipe Solá, de éste heredó una deuda de 4.800 millones de pesos que no tiene idea de cómo saldar, a menos que instrumente un tributo. Como se sabe, fracasó -por intervención de la Corte Suprema- ese impuesto a la riqueza que pretendió aplicar Santiago Montoya, pero ahora los diputados presentes en el ágape aguardan un pedido para sacarles más dinero a los contribuyentes. Nada dijo Scioli, nada comenta Montoya, más bien se espera el tratamiento de fondo del impuesto a la riqueza -por ahora se congeló con un amparo-, pero todos sospechan de una futura imposición.   

  • Después del brindis, el gobernador se llevó a Horacio González, titular de la Cámara, a su residencia: allí había otro festejo, esta vez con más de 100 intendentes, casi todos enrolados en el kirchnerismo. El más señalado por la confianza del ex presidente es Julio Pereyra, quien cuando le preguntaron por el santacruceño, respondió: «Está tomado totalmente por el tema de los rehenes; habrá que esperar a que vuelva». Como se sabe, Pereyra -a quien Julio De Vido acercó a la Presidencia- es uno de los pocos con ingreso irrestricto a la cercanía de Kirchner. Tanto que en marzo será uno de los primeros en encabezar la reorganización del peronismo en la provincia, tarea que ya le encomendaron. Mientras esto se hablaba a su lado, había reproches por lo austero de la recepción de Scioli. «Ahorro, ahorro», clamaba el dueño de casa mientras otros le recordaban que en tiempos de Solá, en esa residencia se comía mejor. «¿A los otros invitados -esos famosos del quincho de Scioli- también los vas a tener a pan y agua como a nosotros?», le preguntaban para que advirtiera que ellos también respiran. No sólo reclaman comida.

  • El comentario general aludía, sin embargo, a otro gobernador pasado: Carlos Ruckauf. Todos se sorprendían de que no los hubieran invitado a la boda de la hija, aunque sí fueron notificados del acontecimiento. ¿Fue un casamiento clandestino? No, para nada, se casaron en San Martín de Tours, pero no hizo fiesta o, si la hizo, no convocó a nadie. Misterio por la marginación y bromas sobre el futuro destino de Ruckauf, quien ya no es más diputado y, tal vez, a pesar de sus promesas, difícilmente se pueda dedicar al periodismo como siempre anunciaba (para volver a ganar dinero, decía, ya que en la función pública se había quedado seco, revelando que en el periodismo se puede ganar más plata que en la política). Más de una sonrisa entre los presentes y la seguridad de que el ex gobernador quizá se convierta, luego del verano, en uno de los conferencistas que enviará Eduardo Duhalde a recorrer el país para predicar el «modelo productivo» (o sea, más devaluación). Ya se sabe que en esa nómina está inscripto Carlos Brown y que, por el momento, no volverán al universo Duhalde otros que alimentan los Kirchner en cargos diplomáticos: Ginés González García, Jorge Remes Lenicov, Rodolfo Gil, Hernán Patiño Mayer. La diplomacia, como se sabe, permite todo.   

  • Fueron, quizá lo sean durante todo el veraneo, los fuegos artificiales más importantes en duración y formas, un caleidoscopio particular que difícilmente sea superado por otro privado o alguna empresa. Así, entre otros obsequios para sí mismo, se regaló a los 60 años esa exhibición luminosa Raúl Pucheta, comparable a los fuegos que en ocasiones explotan en Mónaco con la entrada de ciertos buques o en festividades de quienes desarrollaron alta tecnología en este rubro: los chinos. Ocurrió en la casa de este empresario, sobre la playa Brava, en Punta del Este, más precisamente en La Santiagueña (que alguna vez perteneció al desaparecido Schneider, un proveedor de Mercedes-Benz del siglo pasado del cual las Fuerzas Armadas disponen de buen recuerdo), a la que adosó una impresionante carpa. Para recibir a unos 200 invitados y, ya cerca de la una, aceptar que ingresara un alud de jóvenes amigos de sus hijos que convirtieron al sarao en un boliche nocturno, con grupo musical incluido.

  • Hasta entonces, desfilaban en divanes, mesas, variopinto cuadro de invitados: gente del fútbol (Carlos Salvador Bilardo, Fernando Niembro, Enzo Francescoli), otros del golf, visitantes que llegaron de Mar del Plata -donde Pucheta comenzó atendiendo en un restorán y terminó comprando la casa de Amalita Fortabat gracias al negocio del cable-, empresarios como Luis Nofal, Marcos Gastaldi, Manuel Corzin, Fernando Marín y Samuel Liberman, quien de tanto que sabe sobre Panamá bien podría escribir mejores historias caribeñas que Graham Greene o John le Carré. A propósito, cuando lo interrogaron sobre el negocio inmobiliario en esa tierra del canal, tan próspero y explosivo, recordó: «Sí, puede ser, pero no se olviden de que no se puede cruzar la calle por la cantidad de vehículos y la falta de un orden para el tráfico». Hombre que reconoce el progreso no sólo con la construcción de edificios. También estaban el camarista Mariano González Palazzo, José Luis Manzano, Sofía Neimann, Verónica Zuberbuhler, Fernando Diez, el tesorero de River, Héctor Grynberg, los abogados Carlos Fontán Balestra, Alfredo Iribarren y Roberto Dvorik.   

  • Como el dueño de casa adora la gastronomía -tiene restorán con su nombre en Miami, casi un hobby-, la presentación resultó de un experto: foie grass a saciarse, quesos de La Bourgogne, atendidos por el propio Jean Paul, mesas con ensaladas, otras con salmones, beuf strogonoff, verduras asadas con arroz para las atentas de sus siluetas, parrilla con lomos, pollo salseados, frutas glaseadas con ornamentación, postres, etc. Ni él ni los otros se olvidarán de esos 60 años. Distendidos, había competencia para hablar de viajes y lugares de placer, de lejos liquidó «Manucho» Corzin a todos con sus relatos de China: de comidas a lugares, de provincias a los soldados de terracota, del poder (militar) a la economía (liberal), de cómo Shanghai supera a Hong Kong, tierra donde hace más de 20 años desarrolló y mantiene industrias textiles. Casi un vendedor de fantasías turísticas orientales, el coro al respecto se lo hace su mujer, destacando un país adonde vuelve no sólo por trabajo, y desconfiando, en cambio, de otros lugares exóticos como Camboya. «Ya estamos grandes -reconocía- para investigar lugares menos agradables.»

  • Había quien parecía ofendido por la incorporación de técnicos mendocinos al área energética nacional -un pago político a los hombres del vicepresidente, Julio Cobos-, quienes ignoran casi todo del gas y que, en la provincia, armaron licitaciones y negocios para no concretarlos jamás. Parte de la Argentina típica. El resto de los participantes hablaba de precios, de nuevas casas, de barcos anclados y turistas, del regreso de Amalia Lacroze a su casa tradicional -algo golpeada por su cadera operada-, de Esteban Caselli comentando con alegría la jubilación de monseñor Ruben Di Monte como obispo de Mercedes y Luján (reemplazado por un ascendente sacerdote de Lomas de Zamora), naderías si se quiere. Aunque los golfistas, para gozo supremo, se entretenían con el relato de quien vio jugar, en dúo con el futbolista Forlán del Villareal de España, al «niño» español Sergio García en la cancha de La Barra. Para los no entendidos, había un dato que los aproximaba al nivel de García: en cierto momento se pensó que sería superior a Tiger Woods. No fue, claro, pero el talento persiste.   

  • Vamos a terminar con dos chistes breves, y de la línea fuerte:

    Una mujer, alterada, pide un turno de urgencia en el dentista. Pasa al consultorio, va hacia el sillón, pero antes de sentarse se quita el pantalón y la ropa interior. El profesional, azorado, le dice a la mujer: «Señora, me temo que usted se equivocó de especialista. Yo no soy ginecólogo, soy dentista».


    «Ya sé, doctor», le responde la mujer. «Fue usted quien le hizo la dentadura a mi esposo.»

    «¿Y entonces?», pregunta el dentista.


    «Necesito que la encuentre.»


    Un hombre entra a la farmacia y pide una caja de Viagra.

    «Muy bien, señor», le dice el farmacéutico. «¿Trajo la receta médica?»

    «No, receta no tengo», contesta el hombre. «Pero le puedo mostrar una foto de mi esposa. ¿Es suficiente?»
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