A doce mil kilómetros de distancia sólo somos Maradona emigrado, el sueño inconcluso de Evita, un tango plagado de lamentos, la Pampa desolada, las Madres de Plaza de Mayo, el default y no mucho más. Nos conocen poco y más por el «debe» que por lo que tenemos en nuestro «haber». Pero si se allana esa distancia, aunque sea por unos días, la idea cambia inexorablemente. Es ahí donde aparece la figura de Gardel paseando por Caminito, Barenboim tocando en el Colón, el espíritu inquieto de Borges en las librerías porteñas. Si visita una estancia, admirar la platería elegante y a la vez sobria, la talabartería criolla, una jineteada precedida de unos mates, como preludio de un asado a la cruz, donde no faltará un buen Malbec, y tal vez una guitarreada que culmine en unas manos de truco. ¿Qué tenemos para el turista extranjero? Mucho para ver y hacer. Más de 120 bodegas reciben turistas; de éstas casi 60 lo hacen con gastronomía y alrededor de 20 ofrecen incluso alojamiento. Afortunadamente, la tendencia es creciente, es decir, cada vez son más las bodegas que ven en el turismo un complemento a sus ingresos por vinos, lo cual produjo que durante el año último recibieran casi medio millón de turistas.
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De todos modos, aún resta aprovechar la variedad de regiones, logrando así que el turista esté 2 o 3 días visitando bodegas y no que vea dos en una tarde.
VARIETALES
En Mendoza se combinan atractivos para todos los nichos y targets: turismo de bodegas, turismo aventura, cabalgatas, deportes extremos, esquí, el Aconcagua, gastronomía con identidad propia, museos, centros de compras, hotelería de cadenas internacionales, casinos, aguas termales, turismo de estancias, artesanías, nuestra Ruta 66, o sea, la Ruta 40, espectáculos como la Fiesta de la Vendimia etcétera. Si se llega a San Juan, al Syrah como varietal emblema se agregan maravillosos embalses, cavas excavadas en la roca de una montaña o el Valle de la Luna, y si se baja hasta Neuquén, al Pinot Noir o al Sauvignon Blanc se les sumarán restos fósiles de tamaños únicos en el mundo, y no estaría nada mal rematar con el Camino de los Siete Lagos al Sur.
Para aquel que alcance Salta, al encanto de su aire colonial podrá añadirle su potente Cabernet Sauvignon o su perfumado Torrontés; algunos de ellos, producto de las viñas más altas del mundo, el Tren a las Nubes, o la Quebrada de Humahuaca en Jujuy. ¿Qué nos falta para atraer el turismo enológico? También mucho. Más hotelería de cadenas internacionales, posadas enclavadas entre las viñas y bodegas donde hospedarse, mejores rutas y señalización de bodegas, trenes turísticos para recorrer algunas zonas -estilo Chile, Australia o California-, líneas aéreas que comuniquen directamente con otras zonas turísticas, pero fundamentalmente más y mejor promoción en los mercados clave.
¿Y cuál podría ser mejor promoción que posicionarnos internacionalmente entre los 10 mejores productores de vino del mundo, considerando quiénes son los otros diez? ¿Acaso se negaría usted a conocer en algún momento de su vida cualquiera de esos 9 países?
Seguramente, no; de ahí la importancia del vino como embajador de la jerarquía de un país. La diferencia, en este caso, es que luego de su visita, por ejemplo, a Australia, Francia, Italia o Sudáfrica, por mejor que lo haya pasado, el viajero internacional no se sorprenderá tanto de encontrar países con atractivos naturales o arquitectónicos, que ya imaginaba de antemano. En contraste, la Argentina suele producir en el turista internacional promedio un cambio completo de imagen en sentido positivo, sobre la riqueza y las posibilidades de nuestro país.