Hay un antes y un después de Jackson Hole. Antes, el Nasdaq amagó con un nuevo mercado bull. Después, todo rally bursátil probó ser una trampa (la cuarta de 2022). En Wyoming, Jerome Powell prometió tasas, sudor y lágrimas. Pero los precios minoristas de agosto exigen endurecerse aún más. Y proceder rápido. La inflación subyacente cría raíces -a pesar de las sucesivas subas de tasas que arrancaron de cero en marzo- y se expande sin pruritos a lo ancho de la canasta de consumo. Y ya no depende solo de los precios de la energía. Ellos bajan desde junio, e igual se retoba. El banco central no se hizo rogar. Sus planes flamantes elevan la mediana esperada de las tasas cortas en 100 puntos base (pbs) este año y 80 en 2023 (con respecto a las proyecciones de junio). La nueva tasa terminal se ubicaría en 4,60%, pero los futuros en Chicago no descartan un final de año en 4,50% y la posibilidad de alcanzar 5% en marzo. Antes de Jackson Hole, un halcón como ningún otro, James Bullard, se daba por satisfecho en el umbral de 3,50%. La guerra contra la inflación continúa, pues, con saña mayor.
La aceleración de la Fed se asemeja a la dinámica convulsa de principios de año cuando declaró a la inflación el enemigo público número uno, canceló la política de tasas cero, aventuró tres subas de tasa (de un cuarto de punto) en 2022, y los mercados creían que no serían más de dos. Es una precipitada transición de escenarios, y viene con trauma. El récord del S&P 500 data del 4 de enero, y desde ahí todo fue cuesta abajo hasta confirmar el mercado bear a mitad de junio. La Fed, solo en junio y julio, descerrajó un aumento de tasas de 150 pbs, el doble de lo que juzgaba apropiado para todo el ejercicio en su última reunión de 2021. Si la Bolsa desplegó entonces un rally a contramano fue porque se pensó que dicho mandoble sería el tiro de gracia para la efervescencia de los precios. Quizás sí lo sea para la actividad económica, la recesión está al caer (sino se instaló ya); pero no para la inflación. Y por eso, el miércoles, la Fed insistió con otra vacuna de 75 pbs. Y habrá una cuarta dosis en noviembre (y 50 pbs más en diciembre), según estima el consenso. Volviendo a principios de año, las tres subas de 25 bps que pontificaba la Fed se convirtieron en el equivalente de 12. Y hay cinco más en la ruta hasta diciembre. Visto así, la embestida es formidable.
Wall Street soporta el chubasco como puede -mal- y recalcula de prisa. Ya mudó el equilibrio de las tasas largas a un escalón más elevado. Si el rango que rigió desde abril tenía su epicentro en 3% a diez años, con una fluctuación de más/menos 25 bps, ¿dónde hará nuevo campamento? De momento, el máximo del ciclo se rebalsó con comodidad. No hubo barrera de contención en 3,51%. El viernes, la tasa de diez años rozó 3,82%. Lo interesante fue la reversión posterior y el cierre en 3,67%, como quien examina el terreno para establecerse allí si lo hallase apto. ¿Cómo se domará la inflación? ¿Izando las tasas cortas hasta la saturación? ¿O por un accidente brusco en medio de dicho empeño? Los bonos creen en las segunda vía, en una ruptura que matará dos pájaros de un tiro, la efervescencia de los precios y la suba de tasas.
Por fortuna para todos, las expectativas de inflación están ancladas a mediano plano. Y si bien ello no evita el ascenso de las tasas largas, las acota. La Bolsa la lleva peor. FedEx ya emitió la alerta naranja. Los negocios crujen en la coyuntura, y el voltaje creciente de la política monetaria estropea la rentabilidad. En octubre, la temporada de balances narrará el impacto. Es hora de recular a la defensiva. El Dow Jones quebró el viernes los cierres mínimos de 2022. Todos los índices han vuelto a hundirse en territorio bear. Y la vigilia les juega en contra. ¿Cuánto tiempo más para que el S&P 500 quiebre también su piso? De repente, el mejor argumento a favor es el pesimismo cerrado y las condiciones notorias de sobreventa. Pero todavía la volatilidad dista de ser extrema, que es siempre el resorte más confiable. Hay que cruzar los dedos para que la embestida de la Fed no nos arrolle, pero sobre todo para que tenga éxito en su misión. Son dos deseos y si hay que elegir uno, la prioridad absoluta es el control de la inflación. Caso contrario, las tasas deberán seguir trepando hasta colocarse por encima de su nivel; lo que, después de todo, es la solución convencional. Con la inflación subyacente revoloteando en 6% y pretensiones de ir por más, ni qué dudarlo.
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