Los automovilistas que este verano emprenden viaje hacia la costa atlántica o las sierras de Córdoba se topan con un escenario de notables diferencias de precio en las naftas, con fuertes variaciones entre empresas y por regiones. El caprichoso «movimiento de la oferta» motiva que, por caso, en las populosas rutas nacionales 2 y 9 -principales arterias del turismo- se haga muy difícil equilibrar el costo del viaje de ida con el de vuelta. El único modo de igualar ambos presupuestos es cargar combustible en las mismas y exactas estaciones, implicando un trabajo logístico que pocos están dispuestos a tomarse. Complicados acuerdos entre el Estado y el sector privado mediante, el valor guía parece ser $ 2,40 para la «nafta súper» -incluyendo el polémico «servicio de playa»-, pero a medida que el conductor recorre autopistas, autovías y, luego, rutas turísticas de montaña se encuentra con valores que llegan hasta $ 2,50. La situación, una vez detectada, activa comportamientos de «búsqueda de precios» que emparentan a los conductores de vehículos con la figura de una ahorrativa ama de casa.
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