El año 2020 fue sumamente complejo para todos; sin embargo, la pandemia causada por covid-19 nos ha permitido descubrirnos a nosotros mismos. En este año hemos visto, como nunca, el dinamismo de las empresas que componen la creciente industria biotecnológica nacional.
Nuestra motivación para crecer es la sana provocación
En este año hemos visto, como nunca, el dinamismo de las empresas que componen la creciente industria biotecnológica nacional.
La pandemia nos obliga a ser menos quejosos. Esto no significa que nos deje de importar tener una buena Ley de Economía del Conocimiento, tratar de hacer lo más potente posible la actual Ley para la Promoción de la Biotecnología Moderna, o buscar otros mecanismos de estímulo para equiparar nuestra situación a las de nuestros competidores. Ser menos quejosos tampoco significa dejar de insistir con la formación de recursos técnicos que son tan importantes no sólo para nuestras empresas, sino también para nuestros jóvenes, o buscar que nuestro sistema regulatorio sea más ágil, sin por eso ser menos robusto. Todo esto lo vamos a seguir persiguiendo con obstinada dedicación.
Sin embargo, el motivo, el propósito que nos llena de energía como industria, es distinto. Está vinculado a la provocación, a la sana provocación, a la Argentina del hacer y no a la Argentina del defender los derechos sectoriales.
La Argentina que se anima a tener un primer trigo transgénico a nivel mundial y tratar de llevar esto a cada rincón del planeta donde esta tecnología sea relevante, la Argentina que mañana pueda normar las terapias de medicinas regenerativas que permitan que una persona no necesariamente tenga que esperar un trasplante de órganos para mejorar una condición de salud, la Argentina que tenga políticas para reemplazar a los hidrocarburos de nuestra matriz de materiales y que el asfalto de nuestras calles esté hecho de lignina vegetal o las casas con paneles de biomateriales, dándole de esa forma cierta circularidad a la transformación de las materias primas renovables que genera nuestro país.
Esa es la Argentina que nos entusiasma, una Argentina que nos puede dar identidad en el mundo y que mañana cuando viajemos no sólo nos digan “Maradona, Messi, el asado, el tango o algún defecto de nuestra economía”, sino también que nos puedan reconocer por lo que podemos hacer para preservar el planeta, mitigar el cambio climático, mejorar la salud de las personas: su longevidad, su vitalidad. Esta es la propuesta de valor de la biotecnología argentina.
Con la pandemia, procesos que llevaban más de 5 o 10 años están ocurriendo en meses, con un nivel de colaboración entre los sistemas científicos públicos y privados nunca vistos. Desde que se desatan los primeros brotes en China hasta que se secuencia el virus y se identifica la proteína para una vacuna, se tardaron meses. Antes se tardaban años. Hay una aceleración de aspectos que impactan en el sector y no hay que desaprovecharlos. Hoy podemos ver que crece una cultura de innovación colaborativa. El impacto y el shock fueron fuertes. Sin embargo, esto evidencia la necesidad de seguir impulsando una conversación madura con el sector público para juntos encarnar el cambio cultural. La biotecnología argentina es de emprendedores, optimistas crónicos, que al analizar un escenario no ve lo puede salir mal, sino lo que puede salir bien. Está más motorizado por la ambición del crear que por el miedo a fracasar, lo que lo lleva a tener otra actitud. Este año, especialmente, nos enseñó que el aprendizaje se genera a partir del fracaso. Eso es importante porque te termina de crear valor en un escenario adverso. La clave está en animarnos a hacer cosas que nadie ha hecho aún.
(*) CEO de Bioceres.


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