Se consolida la producción de arándanos en la Argentina. Las causas que sustentan este crecimiento son evidentes; las colocaciones externas en la última campaña alcanzaron las 500 toneladas, la devaluación potenció la rentabilidad del «berrie de sangre azul» y mejoró el paquete tecnológico disponible en el país. A esto debe sumarse que el consumo de «blueberries» en los Estados Unidos creció 30 por ciento desde 2000 por las ahora hiperpublicitadas cualidades nutritivas de este mítico fruto del bosque. Otro parámetro alentador llegó hace apenas algunos días; en la tercera semana de mayo de 2003 (semana 21ª del tradicional calendario comercial) se pagó 16 dólares el kilo de fruta fresca en Miami, un valor promisorio con vistas a los próximos envíos de primavera desde Buenos Aires. La experiencia local de exportación indica que 75 por ciento de la producción está dirigida al mercado de los Estados Unidos (el resto va a Europa) y, es natural, los consumidores norteamericanos son los principales demandantes de este berrie y porque desde hace casi una década no existen restricciones fitosanitarias para ingresar en su siempre atractivo circuito comercial. Según relevamientos privados, se prevé que durante el ciclo 2003/ 2004 las ventas alcanzaran las 900 toneladas. Está claro que los arándanos, pese a los muchos y controvertidos comentarios en los últimos años, logró ganarse un lugar dentro de la canasta frutícola argentina aportando varios millones de dólares al país. No obstante la exigente competencia de Chile (principal productor del Hemisferio Sur y con exportaciones diez veces mayores que las nacionales), la fruta local viene ganando prestigio por calidad.
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Ahora bien, pese al óptimo futuro que presenta el arándano por mercados estables e, incluso, en crecimiento, existen diversas asignaturas pendientes «tranqueras adentro». Y, se sabe, resulta esencial que para no desaprovechar las ventajas que arrojan las oportunidades y fortalezas debe trabajarse con eficiencia antes de comenzar a producir a través de una rigurosa planificación si se quiere alcanzar el éxito esperado en términos productivos y mercantiles y, por ende, minimizar el riesgo de verse sorprendido por vendedores de ilusiones.
En principio, los «cuellos de botella» en la faz productiva son: la falta de información fidedigna del mercado al productor, el uso de variedades incorrectas para cada zona y carecer de un adecuado plan fitosanitario. Debe tenerse presente que se trata de una actividad con los inconvenientes de cualquier labor agrícola, máxime, que se trata de plantas con una vida útil de 30 años. Son frecuentes los manejos inadecuados en labores culturales por desconocimiento de la temática que acarrean serios problemas, desde ambientales hasta económicos.
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