El panorama sanitario del cultivo de trigo en la Argentina y en el Cono Sur es diferente del de diez años atrás. «El monocultivo, la difusión de genotipos susceptibles, el uso de semillas infectadas, los cambios climáticos y la poca diversidad de cultivares sembrados contribuyeron al aumento de la ocurrencia e intensidad de enfermedades». Así lo afirmó Marcelo Carmona, de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA), en su exposición Ecofisiología de trigo y soja, daños por enfermedades y ubicación estratégica del uso de fungicidas.
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En el marco de las Primeras Jornadas Regionales de Fungicidas y Tecnología de Aplicación del Cono Sur, organizadas por Technidea, que se realizan hasta hoy en la Bolsa de Comercio de Rosario, Carmona señaló que «las pérdidas ocasionadas por daño en el cultivo de trigo en América del Sur oscilan entre 20% y 30%, valores que pueden ser mayores, según el genotipo, las características del patógeno y las condiciones ambientales».
Al referirse a los principales procesos biológicos afectados por los patógenos, mencionó «la fotosíntesis, la respiración, la translocación de agua y nutrientes, y la reproducción, y pueden expresarse en una disminución del contenido de clorofila, mal funcionamiento o destrucción de cloroplastos, cambios energéticos, hormonales, bioquímicos e hídricos».
Las enfermedades foliares afectan la generación del rendimiento por tres motivos. Uno de ellos es que «los patógenos ejercen su parasitismo aprovechándose de la energía producida por el cultivo. Así -según puntualizó Carmona-, los parásitos colonizan, crecen y se reproducen exclusivamente a expensas de la planta, generándole pérdidas de carbohidratos y nutrientes, que se podrían haber destinado a la reproducción. Por otra parte, la mayoría de las enfermedades foliares produce clorosis, necrosis, afectan la fotosíntesis, disminuyen la intercepción de radiación y aumentan la reflectancia. Además, suelen generar senescencia y desfoliación, afectando la intercepción lumínica».
Carmona afirmó que «la enfermedad debe estudiarse en función de su agente causal (biotrófico-necrotrófico), momento de aparición en el ciclo ontogénico del trigo, su intensidad de ataque ( incidencia-severidad) y del tipo de órgano más comprometido».
El patógeno no sólo afecta el rendimiento, sino también la calidad de la semilla cosechada. Por eso, para evitar los daños y las pérdidas, «el productor dispone del Manejo Integrado de Enfermedades (MIE) que jerarquiza tácticas y estrategias que aseguran la sustentabilidad». En los últimos años, en la Argentina, se destinaron recursos para el uso de fungicidas con el objetivo de maximizar los rendimientos. «Determinar el momento oportuno de la aplicación química -dijo Carmona- es una tarea crucial que define el éxito o el fracaso de la tarea.»
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