5 de octubre 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

«Mil intentos y ningún invento...» ha sido la mala suerte de nuestro sistema bursátil para conseguirse, alguna vez, un aliado que fuera a la vez iluminado como convencido y poderoso. Toneladas de papel escrito se han acumulado a lo largo de décadas, largos discursos en las fiestas aniversario de la Bolsa se han escuchado. Y la cuesta abajo ha resultado una constante. También se intentó pasar a la práctica alguna parte de las ideas; con el tiempo se demostró que había sido como combatir a la enfermedad con más enfermedad. No sólo que no se zafó de la tendencia contraria, sino que aparecieron derivaciones indeseadas de los que pretendían resultar remedios efectivos y llaves maestras para regenerar el tejido del sistema.

Mencionamos en estos días al actual titular de la CNV, nos hicimos eco amplificando su especie de arenga y ponderamos el hecho de un diagnóstico sin tapujos.

También -y esperamos que no se haya sentido ofendido- le apuntamos que la intención era buena, pero la senda parecía una avenida demasiado ancha para un vehículo muy modesto en su potencia. Unión y armonía entre instituciones, no es virtud de diccionario argentino: no sólo dentro de los mercados, sino en todo segmento social.

Un primer ejercicio positivo sería el de que cada uno revise -como entidad del sistema- sus propias funciones y vea si las cumple a fondo. Y si puede también aportar más eficiencia y energía al bien común, que es el mercado como un todo.

Seguramente que desde las participantes, una primera respuesta será que se está haciendo todo bien. Y que lo que falla está afuera. Y tal soberbia es lo que asegura el camino descendente.  


Se instauró en el país la modalidad de Fondos Pensión y una de las bondades prometidas era el fortalecimiento al sistema bursátil. Sabemos lo que sucedió en realidad. Las terminales y la informática irían a traer, junto con la globalización, el reemplazo de «viejas» ruedas y la multiplicación de negocios. Vemos dónde estamos hoy.

El «chiquitaje» (término del ambiente referido a los inversores de índole popular, de bajas posiciones) no iba a seguir siendo útil, reemplazado por grandes jugadores institucionales o foráneos. En la calle, prácticamente nadie habla de la Bolsa.

Las acciones medianas, o chicas, no importaba que se siguieran yendo de la cotización: lo importante era ver el total de «capitalización» y algunas grandes equivalían a las que se iban. El mercado está cada vez más gobernado por dos, tres plazas y nada más.

Hay muchas más cuestiones «a revisar», por si algunas prácticas reemplazadas y otras incorporadas no han funcionado debidamente. Es un punto de partida, abrir un piquete en la selva a puro machete. Y, en tanto, esencial: interesar a los del «piso de arriba».

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