31 de enero 2006 - 00:00

En el campo la palabra vale más que la firma

Cuando buscamos en el diccionario de «la vida» qué es más dramático, no tener corazón o materia gris, la respuesta más inmediata es: no tener corazón. Porque lleva directamente asociada la idea de «no vida», de material inerte, sin sentimientos y con una ausencia de valores sociales y comunitarios destacable.

Decir que un sector «no tiene corazón» es directamente decir que no nos importa vivir, desarrollarnos y convivir en una comunidad. Es no ser argentinos y al mismo tiempo ponernos al resto de los argentinos en el planteo de rechazarnos por «no tener corazón».

El análisis sería: ¿merece nuestro agropecuario ser tratado de esta manera? ¿Hizo algo el sector por el país? Y acá viene la gran disyuntiva que de pronto uno tiene con el gobierno actual: el poco reconocimiento hacia el hombre del campo.


En 2001, cuando el país se incendiaba, nos pidieron un sacrificio que iba a ser en forma coyuntural, «por unos meses», le escuché decir al ex presidente Eduardo Duhalde, y nos pusieron las retenciones.

Pasaron tres años, y el sector le dio al país más de diez mil millones de dólares, la misma cantidad de dinero que la Argentina necesitó para pagar la deuda externa, o el equivalente a cinco millones de planes trabajar por año, o el dinero suficiente para construir un millón de viviendas sociales o cien mil escuelas de última generación.

¿Podemos decir entonces que el campo no aportó nada para el país? ¿El empresario agropecuario no tiene corazón? Y en esto quiero destacar algo porque fui partícipe de todas las negociaciones que se hicieron en la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación los días 19 y 20 de enero de 2006.

Cuando le planteamos a la Mesa de Ganado y Carnes que la única manera de superar esta falta de carne era con una mayor oferta, en conjunto diagramamos políticas a corto y mediano plazo.


Las políticas a corto plazo tenían como base un precio de referencia en salida de frigorífico, lo que nos permitía modificar los aranceles aduaneros del sector cárnico, y fue el gobierno nacional, a través del subsecretario Fernando Nebia y con la presencia del subsecretario Javier de Urquiza, el que nos propuso bajar en forma sustancial las retenciones.

Había en ese momento alrededor de veintepersonas que escucharon la propuesta, que fue condicionada a no divulgarla ni escribirla en el acuerdo porque la «quería anunciar directamente el presidente Néstor Kirchner».

El lunes, en la firma del acuerdo, nos enteramos de que estos anuncios no se darían. ¿Es falta de corazón no haber firmado el acuerdo o suficiente valentía para hacer cumplir la palabra empeñada, en el campo «la palabra vale más que las firmas», y que no se cumplió?

Al mismo tiempo hay que destacar que nuestra visión de una «ganadería en crecimiento», con mayor oferta, la mejor herramientaantiinflacionaria, no se puede plasmar en la realidad de este acuerdo que deja de lado uno de los aspectos fundamentales, que es la rentabilidad del sector.
Sin duda, si no le ofrecemos rentabilidad al ganadero para poder invertir, crecer y competir con otras alternativas productivas, no tiene futuro.

Hasta nos planteamos en estas reuniones: ¿para qué queremos créditos subsidiados, para retener vientres, sembrar pasturas, en un negocio sin rentabilidad? Y en esto
quiero contestarle a la ministra de Economía, Felisa-Miceli, algunos conceptos en los que creo está equivocada.

Tener la misma cantidad de cabezas que hace 30 años, alrededor de 55 millones de vacunos, no es consecuencia de falta de interés del productor ganadero, es exclusiva consecuencia de las malas o de la falta de políticas agropecuarias que tuvo la Argentina en los últimos años.


• Precio internacional

Como dice un amigo: «a la soja nadie la impuso, se impuso por su rentabilidad». Tampoco comparto lo dicho en que «no puede ser que el precio internacional de los bienes que se consumen en la Argentina fije el precio interno», cuando sabe muy bien que el precio de lo que producimos la gente del campo, alimentos, hace tres años que no es internacional por las rebajas arancelarias.

El aceite que se hace en la Argentina se hace con una soja de u$s 160 la tonelada y no con los u$s 220 que está en el mercado internacional. Los pollos que se crían en la Argentina y después se consumen se alimentan con un maíz de u$s 70 la tonelada que nos pagan a los productores y no con los u$s 90 la tonelada que está en el mercado internacional.

La harina que se utiliza para hacer el pan en la Argentina se hace con el costo del trigo de u$s 100 la tonelada que nos pagan y no con los u$s 130 que vale en el mercado internacional.
Y la ministra sabe muy bien que cuando va a países extranjeros el lomo está a entre 12 y 15 u$s/kg y no los 4 u$s/kg que está en la Argentina. Quiero destacar que si nuestro destino es producir leche, carne y granos baratos, directamente debemos plantearnos nuestro futuro.

Ahora bien, si el lema es «que los habitantes de la Argentina tengan el poder adquisitivo suficiente para poder comprar estos alimentos en un precio justo» la cosa cambia completamente.

Por último, debo resaltar que acá no es cuestión de demostración de fuerza, ni tampoco de conseguir exclusivamente ventajas sectoriales como se dice, el hecho real es que las entidades hicimos propuestas concretas pensando en una «ganadería en grande» para un «país grande».
Y en esto que no les quede la menor a duda a todos los ciudadanos argentinos de que pusimos nuestro corazón.

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