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En eso de imaginar, nadie podía pensar que San Lorenzo se iba a poner en algo más de 20 minutos, tres goles arriba. Un resultado con esa diferencia daba la sensación de que era «tema terminado». Sin embargo, como para ponerse a tono con las tremendas vacilaciones defensivas que ponía en evidencia el Bolívar (en todos esos goles), San Lorenzo cambió la tesitura de ataque por la de esperar para encontrar espacios en el contraataque.
Seguramente no contaba que hasta ahí -en lo futbolístico-no había sido superior a los bolivianos. Pero no lo había sido ni en lo individual ni en lo colectivo. Y esa espera fue fatal. Simplemente, porque Guiberguis comenzó a trabajar sobre las espaldas de Michelini y Zurita y Botero a meterse entre Gonzalo Rodríguez y Morel Rodríguez y la falta de sincronización general de la última línea de San Lorenzo, también le dio una gran mano a los bolivianos para que igualen el marcador (1-2 allá y 3-2 acá) y reaviven esperanzas ciertas. Hasta ahí, los penales acechaban.
Cuando parecía que de nada servía la insistencia de San Lorenzo, peor aún cuando parecía caminar por la cuerda floja, llegaron dos jugadas: una perfecta «apilada» de Romagnoli y una perfecta entrada de Cordone, envió al área y Astudillo se adelantó para enviar a la red. Los minutos corrían también para el Bolívar... San Lorenzo, finalista.
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