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24 de marzo 2003 - 00:00

River recuperó la memoria, Huracán sigue con amnesia

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El cuarto fue de Fuertes: un bombazo. Todo River lo festeja. De allí en más para Huracán fue cosa juzgada. Recibió una goleada histórica en su cancha.

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La pregunta que queda flotando es simple: ¿cuál es el verdadero River? El tímido y dubitativo equipo del primer tiempo o el arrollador del segundo. También algunos se preguntarán: ¿cuál es el verdadero Huracán? Pero en este caso la tabla de posiciones es más que elocuente.

Lo cierto es que River no pudo demostrar en la primera parte su superioridad por su propio desorden. Atacó sin convicción y jugó esa etapa con la liviandad de un entrenamiento sobrando a un rival que, a esa altura, jugaba con mucha dignidad y hasta tuvo la oportunidad de ponerse en ventaja con un remate de Monsalvo que devolvió el travesaño.

Manuel Pellegrini replanteó el partido en el vestuario haciendo ingresar a Daniel Ludueña por Oscar Ahumada, cambió «el doble cinco» por un «doble enganche» para tener la pelota más cerca del área rival. Bastó que Cavenaghi mostrara su capacidad para ejecutar un tiro libre para que el partido se terminara o en realidad empezara un nuevo partido entre rivales con capacidades desparejas. River volvió a ser River y Huracán volvió a ser Huracán. Es decir que las diferencias fueron notorias. Por la derecha Coudet encontró una franja libre de marca y con sus corridas contagió a sus compañeros. Cavenaghi marcó el segundo gol con un toque de mucha categoría y allí el derrumbe anímico de Huracán fue total. Perdieron las marcas y las ideas. Se obnubilaron de tal manera que cometieron errores infantiles.

El partido terminó 6 a 0, pero la diferencia pudo aun ser mayor, ya que Ríos salvó un par de «mano a mano» y los jugadores de River se perdieron goles increíbles bajo el arco.

Fuertes, por ejemplo, antes de convertir su gol tiró un pelotazo como «para derrumbar a un elefante» que explotó en un poste y Ameli con el arco libre y a dos metros de la raya de meta desvió su remate en una especie de proeza «porque era más difícil tirarla afuera que meterla en el arco».

Hubo goles para todos los gustos, aun para los más exquisitos como el de Andrés D'Alessandro enviando la pelota «de emboquillada» por sobre Martín Ríos desde 30 metros o el del chico Barrado, quien hizo honor a su nombre, empalando por sobre el arquero una pelota con mucha categoría.

Huracán vivió un sueño que duró apenas 45 minutos, pero como en el cuento de la Cenicienta la carroza se convirtió en calabaza y los briosos potros en ratones. River recuperó la memoria a tiempo y se dio cuenta de que «ningún partido está ganado antes de ganarse». Cuando le puso actitud y concentración a su trabajo aplastó al rival, pero tiene que aprender que estas distracciones le pueden costar muy caras.


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