La mejor definición la había dado el «Beto» Acosta días antes, cuando señaló: «Podemos perder esta Copa Sudamericana sólo si caminamos la cancha». Una manera de decir que el resultado (aunque la gente esperaba más que un empate) se daba por descontado.
Sin embargo, Rubén Darío Insúa sabía algunas cosas: que los partidos no se ganan antes de jugarlos y que era mejor esperarlos para contraatacarlos que apretarlos sobre su propia área.
Tal vez no era lo que quería la gente, pero a todas luces --como el gasto debían hacerlo los colombianos-surgía como lo más apto o criterioso, a sabiendas de que Chará y Toro, desde atrás, junto con Restrepo y Grisales, podían ser peligrosos cuando les dejaban espacio para maniobrar.
Tal vez por eso, San Lorenzo se cobijó en dos líneas de contención (con Chatruc, Herrón y Zurita, algo más adelantados) y esperó.
Atlético Nacional de Medellín, con Carlos Díaz y Echeverría solos arriba, mucho no podía «fabricar» y el juego quedó en un algo híbrido, sin matices e inconsistente. San Lorenzo se vio obligado a adelantarse siquiera unos metros, empujado por algunas realidades: estaba en su casa, el juego se hacía anodino y su propia gente lo empujaba a ser protagonista. En síntesis, que todos los jugadores se sumaran a la fiesta. Debían provocar algún desnivel ofensivo o por lo menos acercarse al área con algo de peligrosidad. Cuando lo hizo, los colombianos debieron apelar a una infracción tras otra.
Era evidente que para Atlético Nacional también el pleito se había definido en Medellín. Toques intrascendentes, latera-lizados, poca decisión; el conocido árbitro Epifanio González, cobrando una para este lado, otra para el otro; San Lorenzo esperando que Romagnoli encuentre algún pedazo de terreno como para que algún compañero encuentre un hueco para el remate y el «Beto» Acosta protestando más que jugando.
Definiendo: cuando uno no quiere (a pesar de los cambios) y el otro no puede, no alcanza para nada. Salvo para testificar que San Lorenzo ganó la Copa Sudamericana.
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