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10 de abril 2002 - 00:00

San Lorenzo estuvo lejos de ilusionarse

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Juegan muchas cosas en este tipo de partidos. En San Lorenzo, la obligación de hacer un gol y lo más rápido posible. En Peñarol, buscar cerrar todas las puertas, en una doble línea defensiva, con jugadores de mucho oficio. No bastaba el pasecito corto que pretendían Michelini, Erviti y Leo Rodríguez para procurar huecos para el remate. San Lorenzo sólo lograba su propósito a medias, porque rara vez llegaba la pelota a Acosta, si no era por los inconsistentes y reiterados centros por elevación de Estévez.

Hasta que llegó el primer «mazazo». Primer centro que llega desde un costado desde los pies de Canobbio y Cedrés salta con demasiada facilidad porque todos fueron detrás de Giménez. Si ya el partido se le complicaba con un gol, ni se puede decir del segundo. Otra vacilación defen-siva (con penal incluido), la pelota le queda boyando a Gablianone y el segundo.

Aunque parezca mentira, recién ahí comenzó a hacerse sentir San Lorenzo. Al tiro libre del minuto de Leo Rodríguez sobrevinieron tres jugadas de gol: un mano a mano de Rodríguez, una pelota de Acosta que dio en el travesaño, una entrada de Pusineri..., otro cabezazo de Capria. San Lorenzo quedó a tiro de descontar. Peñarol sabía que, si apretaba la salida de San Lorenzo en tres cuartos de cancha, podía alcanzar alguna pelota y, si lo conseguía, tenía a Canobbio, Cedrés y Giménez, que dejaban una cuota de inquietud.

De todas maneras, el gasto debía hacerlo San Lorenzo, como consecuencia de un resultado que no sabía de merecimientos, pero sí de oficio, de practicidad y de experiencia, resumida en un equipo que sabía lo que tenía en sus manos.

Con el resultado en su favor, la gente de Peñarol siguió aplicando fielmente su partitura. San Lorenzo, buscando, más por imposición de gente que por manejo de pelota, capacidad de hilvanar alguna jugada desequilibrante. El equipo azulgrana, con la entrada de Franco (por Leo Rodríguez) y Di Lorenzo (por Paredes), se quedó con tres en el fondo. Pusineri tuvo otra chance, luego el palo salvó de nuevo a Elduayen, lo perdió Franco... No era la noche de San Lorenzo.


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