Unos pocos peligros sensatos en el frente externo

La actual y relativa holgura externa abre el debate sobre cuáles son las mejores políticas económicas a aplicar de ahora en más.

El reciente acuerdo para reestructurar la deuda externa con acreedores privados de manera ordenada trae, sin dudas, tranquilidad en el frente externo. Si a esto le sumamos la mejora en el superávit comercial gracias a la caída de las importaciones, el turismo emisivo completamente parado y la posibilidad de expandir las exportaciones de alimentos a China (sin entrar aquí en la discusión medioambiental), se puede pensar en un escenario futuro relativamente optimista en relación a la estabilidad cambiaria y, en consecuencia también, a la estabilidad de precios.

Sin dudas, la holgura de dólares le otorga al país grados de libertad para llevar adelante la política económica. Esta situación, en principio positiva, no debería llevarnos a creer erróneamente que el problema externo se ha solucionado. Recordemos que cuando al gobierno de Macri se le agotó el endeudamiento externo en los mercados internacionales a principios de 2018 resultaba a toda luz evidente que los dólares eran un recurso escaso. Pero no pasaba lo mismo a comienzos de 2016 cuando los mismos mercados internacionales recibían eufóricamente las colocaciones de deuda de Luis Caputo, lo que habilitó a la clase media a comprar infinitos dólares a través del Home Banking.

La relativa holgura externa abre el debate sobre cuáles son las mejores políticas económicas a aplicar de ahora en más, lo que no es poca cosa si consideramos que el año pasado todo lo que se discutía era el ajuste fiscal y en las oficinas del FMI. En este contexto es que aparecen mensajes y señales preocupantes, no solo desde las usinas de pensamiento neoliberal cuyas políticas tuvieron siempre resultados nefastos, sino también desde cierta “heterodoxia” económica, lo cual es aún más alarmante. Es por eso que resulta necesario abrir el debate sobre algunos puntos que se detallan a continuación.

En primer lugar, no deberíamos creer que la reciente reestructuración de la deuda es una nueva oportunidad para que la Argentina vuelva a endeudarse en los mercados internacionales, se trate del sector privado o del sector público. Primero porque la perspectiva de obtener buenas condiciones de crédito parece poco realista, pero aún más importante, porque debería resultar obvio a esta altura que el endeudamiento externo es un mal camino.

En segundo lugar, la fuga de capitales sigue siendo un problema grave. En junio, un récord de 3,3 millones de argentinos compraron 200 dólares como ahorro, es decir, 1 de cada 10 argentinos mayor de 18 años compró dólares. Esto significa 629 millones mensuales y, de sostenerse, alrededor de 7.500 millones de dólares en un año, es decir, está por encima del superávit de cuenta corriente de 2019 que ascendió a 6.200 millones de dólares. Por lo tanto, la descompresión del sector externo no debería hacernos olvidar que la fuga de capitales sigue presente. En ese sentido, es paradójico que economistas que escribieron artículos académicos sobre la fuga de capitales, hoy estén proponiendo levantar el cepo.

Desde ya que los controles cambiarios son sumamente problemáticos, pero es falaz creer que una tasa de interés alta es suficiente para frenar la fuga de capitales. Sería caer en el mismo error que Sturzenegger, quien creyó que subiendo la tasa de interés de las Lebacs y liberalizando los flujos financieros internacionales iba a reducir la inflación al famoso 10% ± 2 para 2018.

El ahorro en dólares por parte de los argentinos no es una elección racional que compara la rentabilidad entre tasa de interés del plazo fijo y la depreciación del dólar, sino una práctica cultural e histórica imposible de erradicar en el corto plazo. También responde a la práctica de diversificar carteras por parte de los grandes grupos empresarios, algo imposible de hacer en la plaza financiera de un país periférico. En Argentina, nos guste o no, el control cambiario es siempre necesario. A veces parece que es una situación circunstancial en la que nos vemos envueltos porque nos quedamos sin dólares, pero a la que inmediatamente dejamos de prestar atención si el precio de la soja se duplica o los mercados internacionales nos vuelven a abrir las puertas. De todas maneras, la tasa de interés para el ahorro en pesos debería efectivamente premiar a quienes elijan esa opción y ganarle tanto a la inflación como a la depreciación del dólar.

En tercer lugar, en lo que va del año el peso se ha depreciado alrededor de 20% frente al dólar, mientras que la inflación acumulada a junio se redujo hasta alrededor de 15%. La pandemia otorga una oportunidad de desacelerar abruptamente la inercia inflacionaria, pero para eso es clave que el tipo de cambio no siga encareciendo los costos. El “tipo de cambio competitivo” es un eufemismo con el que cierta “heterodoxia” piensa que la devaluación de la moneda puede ayudar a mejorar sensiblemente las exportaciones o licuar la deuda en moneda doméstica. Sin embargo, los costos en términos de inflación, achicamiento del mercado interno y aumento del desempleo deberían descartar de plano esta propuesta propia del Consenso de Washington.

En cuarto lugar, algunos economistas plantean que la holgura externa presenta la posibilidad de acumular reservas internacionales. Si bien esta estrategia es interesante en cuanto le da poder al Banco Central como administrador de la política cambiaria y previene futuros movimientos financieros especulativos, un país como la Argentina no puede darse el lujo de acumular divisas de manera ociosa. Por el contrario, deben ser utilizadas inteligentemente para la compra de insumos claves que requieran los sectores productivos estratégicos en cuanto a agregación de valor y/o generación de empleo. Otro motivo más para no relajar los controles cambiarios.

En quinto lugar, es también un error pensar que los países sin controles cambiarios tienen una ventaja frente a la Argentina para atraer inversiones. Por el contrario, es la Argentina quien tiene que elegir qué inversiones extranjeras le interesa atraer y cuáles no y la holgura externa brinda el margen necesario para tomar esas decisiones. La extranjerización de empresas en la década del noventa solo trajo problemas en el frente externo y pérdidas de empleo, sin beneficios claros en términos de productividad o difusión de tecnologías.

En fin, la holgura externa conseguida de manera genuina por este gobierno augura una recuperación económica importante para los próximos años. Cuando la economía crezca, las importaciones van a volver a aumentar, también el ahorro y las ganancias de las empresas, por lo que volverán las presiones en el frente externo. En este momento de holgura es justamente cuando corresponde abrir el debate del frente externo.

Economista del Depto. de Economía Política CCC / CIS-CONICET/IDES.

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