Dejó el cargo hace apenas 30 días y se cubrió de un humo nocivo (las valijas, el enfrentamiento con los Estados Unidos, la inútil mediación colombiana, el uso y abuso de atributos que no le pertenecen) que le afeó el broche final de la gestión. Pero ese descalabro imprevisto y peor resuelto en verdad venía precedido por un tufillo de mal olor con tres últimas medidas del presidente en retiro, casi extraordinarias, guardadas bajo llave durante meses, consagradas en el silencio del pecado entre gallos y medianoche como si nadie las fuera a descubrir. Sirvieron, además de un servicio personal e interesado, para alterar una imagen que Néstor Kirchner trató de construir durante más de 4 años bajo el amparo de que ciertas convicciones no se arrojan por la ventana. Sin embargo, terminó su mandato como tantos otros, cuando semejaba ser diferente. De ahí que sin ser obsesivo de la pesquisa, un lector común del Boletín Oficial puede afirmar: «Nada es lo que parece». O lo que parecía.
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Casi apagó la luz sobre sí mismo -y sobre su propia esposa sucesora, lo cual no es un eufemismo en tiempos de cortes y escaseces-con tres brochazos en cruz en la hora postrera sobre su fotografía personal:
1) Le concedió un nuevo privilegio al grupo «Clarín» (el monopolio del cable, negocio de caja más formidable que el propio diario) a pesar del consejo de idóneos propios. Transacción política y mediática que no repara en la salud del ciudadano, condenado a recibir información y «contenidos» de una sola mano, como si ese acto fuera democrático.
Guardó esa decisión hasta la última curva, luego de haberla congelado durante meses, en la confianza de reservar -tal vez-una garantía de inmunidad para su mujer. ¿Necesitaba ella ese servicio? Un obsequio que pocos comparten, no la mayoría.
2) Firmó también el sagrado manto sobre el convenio de Aeropuertos -ya aprobado por el Congreso de la Nación-que justifica, bajo cierto y discutible precio, el ingreso del Estado a esa empresa privada. Ni utiliza, lo que sería común en este período, la palabra nacionalización como excusa; más bien tiñó de suspicacias la iniciativa al haberla dormido también durante meses y a pesar de que sus propios hombres, en el Parlamento, fueron los encargados de votarla. Y no sólo por ese acto: fue él quien, desde el principio del gobierno, impugnó el trámite de Aeropuertos; también aquel permiso que Eduardo Duhalde (las famosas carpetas que le iban a tirar por la cabeza) le concedió a la empresa. Y a pesar, también, de que ministros que aún continúan con su mujer fueron señalados como artífices -por lo menos-de la operación. Un camino al Gólgota de los empresarios en todo ese ciclo, llamados a «parir» nadie sabe qué, hoy posiblemente satisfechos. Otro obsequio para unos pocos, no para todos.
3) Alargó en el postre la concesión en 25 años del dominio del juego porteño a Cristóbal López, un reconocido emprendedor de su confianza. Más bien intentó que otros cargaran con la responsabilidad, pero ni aun con su vara de hierro logró convencerlos. Fue él quien se encargó de facilitar esta generosa jubilación de privilegio, veneno lúdico para una ciudad ya convertida en la Macao más salvaje. Con la condescendencia -no olvidarlo-del jefe de Gobierno, Mauricio Macri, quien parece responder a ciertos asesores tan amantes de las maquinitas como los que rodeaban a Aníbal Ibarra o a Fernando de la Rúa. También esta decisión la demoró en su mandato; casi medrosamente, fue reservada para el epílogo como si el champagne de las fiestas no fuera a advertirla. También un regalo para pocos, el cual pagarán todos.
Si el apaleado Carlos Menem firmó en los noventa algunas concesiones discutibles, justo es admitir que no tuvo en cuenta fechas propicias. Ni esperó al momento de irse para suscribirlas: lo hizo, como su eslogan. Kirchner, en cambio, ocultó hasta la banderilla determinaciones controversiales (aquí sólo se mencionan tres), quizás con el argumento de que le despeja el panorama a su consorte, Cristina. Como si ella nada tuviera que ver con su marido, como si hubiera sido ajena a la gestión anterior, como si -en el caso de un divorcio jamás deseado-no fuera a reclamar la mitad de los bienes gananciales que le corresponden. Como la Bolocco hoy a Menem, sin hacer comparaciones que parezcan odiosas.
Aunque nada es lo que parece, como demuestra Kirchner ante la máxima de los fanáticos de la investigación, a pesar de esos 4 años y medio en que se lo mostró diferente. Podrá apelar en su descargo, claro, a una noble tradición hoy desconocida de los hombres del Sur, quienes como los caballeros andantes exponían sobre el charco su capa para que no ensucie sus pies la dama. Es un recurso, pero la prenda quedará manchada para siempre.
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