En los márgenes de una de las tantas granjas porcinas que se despliegan sobre las extensas llanuras aluviales de Taizhou, a unas dos horas en auto al noroeste de Shanghái, dos estanques cuadrados de apenas cuatro metros de lado concentran una posible solución a un problema estratégico: recortar a la mitad el uso de soja en la alimentación animal.
China busca reducir la dependencia de la soja de EEUU y cambia la dieta de sus cerdos
De esta forma, el gigante asiático busca una menor dependencia de Estados Unidos y otros países. China importa cerca del 80% de su consumo.
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China busca reducir la dependencia con Estados Unidos para la soja.
En esas piletas se mezcla un compuesto de insumos locales más económicos —como salvado, tallos de calabaza y restos de vino— que luego se fermenta de manera similar al yogur. Este proceso descompone las proteínas, facilitando su digestión y reduciendo así la necesidad de recurrir a la soja, un insumo del que China importa cerca del 80% de su consumo.
El impulso oficial a estas alternativas se intensificó en marzo del año pasado, en paralelo con el recrudecimiento de las tensiones comerciales con Estados Unidos durante el segundo mandato de Donald Trump. En ese contexto, la soja pasó a ser una pieza clave dentro de la disputa bilateral.
De acuerdo con relevamientos realizados entre productores, investigadores y referentes del sector, China está avanzando más rápido de lo previsto en la adopción de nuevas tecnologías y en la promoción de piensos fermentados. La estrategia replica, en el plano agropecuario, el enfoque que Pekín viene aplicando en áreas como los microchips o la inteligencia artificial, donde busca fortalecer capacidades propias frente a las restricciones externas.
“El principal objetivo de la política nacional hoy es reducir el uso de harina de soja”, explicó la analista Fu Zhenzhen. Según sostuvo, la guerra comercial con Estados Unidos es el motivo más directo detrás de esta decisión, y la fermentación aparece como una herramienta central para alcanzarlo.
Reducir la soja no es un objetivo fácil
China, principal comprador global de soja, importó en 2024 unos 52.700 millones de dólares de esta oleaginosa, de los cuales 12.000 millones provinieron de Estados Unidos. Ese mismo año, los envíos totales crecieron un 6,5%, alcanzando un récord de 111,8 millones de toneladas. En paralelo, los piensos fermentados ya representan el 8% del total industrial —frente al 3% en 2022— y podrían trepar al 15% hacia 2030, lo que permitiría reducir las importaciones en más de un 6%.
El desafío no es menor. Si bien las grandes explotaciones porcinas concentran una porción significativa de la producción —clave en un país donde la carne de cerdo es un alimento básico—, la transición hacia estos nuevos sistemas exige inversiones importantes y ajustes técnicos complejos. Muchos productores enfrentaron problemas iniciales, como la aparición de moho en los alimentos, lo que derivó en pérdidas y, en algunos casos, el abandono del sistema.
Para evitar ese escenario, el gobierno chino despliega incentivos a lo largo de toda la cadena productiva. Grandes compañías del sector ya lograron reducir el uso de harina de soja mediante el uso de aminoácidos sintéticos o nuevas fuentes proteicas fermentadas. Incluso empresas extranjeras comenzaron a invertir en el desarrollo de estas tecnologías, en un mercado que crece a ritmo acelerado y ya se acerca en volumen al europeo.
Sin embargo, persisten interrogantes. Especialistas advierten que la falta de estandarización en los procesos puede afectar el crecimiento de los animales y su resistencia a enfermedades. A eso se suma una preocupación clave: la calidad final de la carne. Mientras el gobierno prioriza la reducción de costos, algunos expertos sostienen que el desafío será equilibrar esa meta con la salud animal y las expectativas de los consumidores en términos de sabor y calidad.
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