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1 de noviembre 2006 - 00:00

Ahora es más delicada la incógnita salarial

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Luis Barrionuevo
Desde ayer, en la CGT, se desató una crisis a la que habrá que prestar atención. Sobre todo si quien la observa pertenece al gobierno. Néstor Kirchner deberá abocarse también a seguir el proceso interno del sindicalismo, sobre el que su administración no ha dado señales de tener una comprensión exacta.

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Los hechos son los siguientes: un grupo de gremios que hasta ahora participaba de la conducción de Hugo Moyano impugnó a través de un documento al camionero. La excusa, como se esperaba, fue el desastre en que terminó el tercer funeral de Juan Perón, organizado -es un modo de decir- en San Vicente, el último 17 de octubre. La razón del pronunciamiento es otra: el malestar creciente ante un estilo de conducción de Moyano que ha concentrado en su grupo más cercano los beneficios arrancados al gobierno a cambio de mantener la «paz social». En otras palabras: detrás de la insubordinación a la conducción actual se esconde un reclamo velado a Kirchner. El Presidente, según la mayor parte del sindicalismo, ha reducido la agenda de interlocución con el movimiento obrero a las necesidades de los gremios del transporte, que muchas veces se entrelazan con operaciones de sus propios funcionarios del área, en especial la administración de subsidios. Hasta aquí, el corazón del problema. Su expresión en la superficie de los acontecimientos requiere el relevamiento de algunos detalles:

  • Entre los sindicatos que se distanciaron ayer de Moyano hay tres muy significativos. El de los gastronómicos, que conduce Luis Barrionuevo, quien comanda desde hace meses esta maniobra que ahora sale a superficie. El de los empleados públicos (UPCN), representado por Andrés Rodríguez, quien mantiene una alianza política muy firme con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, quien lo agració con un convenio envidiable para sus afiliados. Y el de la construcción, a cuya cabeza está Gerardo Martínez, ausente del país por sus obligaciones en los organismos internacionales del sindicalismo y también por el costo que paga su gremio en San Vicente, donde parte de los desmanes los cometen los « militantes» de la seccional La Plata de la UOCRA, enfrentada a la conducción nacional de esa unión.

  • Estas tres organizaciones se acercaron ayer a los gremialistas de la generación anterior, los «gordos», quienes ya se habían apartado de la mesa de Moyano, indignados por el carácter expansivo y prepotente del secretario general. El «casus belli» fue el intento de los camioneros por capturar a los empleados de logística de los supermercados, afiliados al Sindicato de Empleados de Comercio, de Armando Cavalieri. En este sector se encuentran, además de ese sindicato, Luz y Fuerza (Oscar Lescano), Sanidad (Carlos West Ocampo) y Unión Ferroviaria (José Pedraza). Si se reunieran los congresales de las tres entidades que ayer acusaron por primera vez a Moyano (Gastronómicos, UOCRA y UPCN) con las que lo vienen acusando desde hace más de un año (los «gordos») la jefatura del camionero podría ser derribada en un congreso de la CGT. Este es el dato institucional.

  • Vista en su significado más general, la expresión de ayer es muy relevante para la marcha de la administración. Una gestión económica como la que lleva adelante Kirchner, consistente en administrar la inflación por encima de los límites recomendables, necesita de la cooperación sindical como un factor principal del programa. Hasta ayer Moyano se comportó como el responsable por mantener a raya un precio estratégico de la economía, el salario. Su papel es tan relevante como el de Guillermo Moreno para la operación oficial. A cambio, los camioneros y otros sindicatos aliados, todos del sector transportista, se llevaron de la Casa Rosada beneficios exorbitantes, para irritación de las demás organizaciones obreras. Desde ayer la incógnita que se abre es si Moyano podrá seguir ofreciendo sus servicios disciplinarios con la misma eficiencia. Es decir: hoy es imposible saber si la conducción de la CGT es capaz de garantizarle a Kirchner que todo el universo gremial se mantendrá en la pauta salarial fijada desde el poder. Un enigma más inquietante si se advierte que el santacruceño tenía la expectativa de concluir todas las negociaciones paritarias en marzo, para iniciar con el horizonte laboral despejado la campaña por las presidenciales de octubre. Por ahora los conjurados de ayer alabaron al Presidente y a su programa. «No es con vos, es con Moyano», parecen haber dicho. «Salvo que quieras sostener a Moyano y seguir ignorándonos»: esto no está dicho, claro.

  • El otro aspecto que hay que advertir en el movimiento de ayer no es profesional sino político. Los sindicatos han sido habitualmente una vanguardia del peronismo en muchas de sus luchas por el poder. No habría que olvidar que el mismo Barrionuevo que tejió esta urdimbre le acaba de decir a Kirchner, hace poco más de un mes desde las páginas de «Clarín», que «el Presidente debe decidir si va a las elecciones con el peronismo o si lo entrega en favor de una alianza con los que no son peronistas». El gastronómico se refería a Catamarca, donde compite por la gobernación. Pero le puso voz a una legión de dirigentes del PJ, encabezada hoy por José Manuel de la Sota, que no se siente contenida en la estrategia de poder de Kirchner para su segundo mandato. No en vano, antes de trasladar los restos de Perón a San Vicente, estos mismos sindicalistas recibieron en su casa a De la Sota, a Jorge Busti, al misionero Ramón Puerta (verdugo de Carlos Rovira detrás del obispo Piña el domingo pasado) y hasta al propio Eduardo Duhalde. Para sintetizar: ¿hasta qué punto este respingo sindical no esconde, cifrado, el malestar que recorre a buena parte del partido del gobierno en relación con la nueva configuración política que se diseña desde la Casa Rosada, ahora bajo el nombre de «concertación»?

  • Sería un error, sin embargo, observar a la liga de gremialistas que se presentó desde ayer en contra de Moyano como un bloque homogéneo. Martínez y Rodríguez, por ejemplo, negocian desde hace tiempo con el propio Kirchner una operación que consiste en diluir el poder de Moyano en una conducción más racional y presentable, que libere también al propio santacruceño de las extorsiones del camionero (la última la formuló el taxista Omar Viviani al decir que «los gremios del transporte podemos hacer la huelga general, por eso somos temibles»). Rodríguez, de UPCN, expresa también a una corriente interna del gobierno: su amigo Fernández, el jefe de Gabinete, no simpatiza con Moyano, a quien debe tolerar en la administración de las obras sociales en la persona del abogado Juan Rinaldi. A su vez, el secretario general de la CGT es ahijado de Julio De Vido. Todas las rivalidades se superponen: las gremiales y las del gabinete.

  • El titular de la UOCRA, Martínez, tampoco quiere romper con el gobierno por pelearse con Moyano. Kirchner y De Vido lo premiaron con planes de vivienda que administra el propio sindicato. Es el límite de este gremio en cualquier embestida. Antes que a las enemistades de los «gordos» o de Barrionuevo, Martínez estará atento a lo que indique la Casa Rosada. Ni él ni Rodríguez quieren apartarse abruptamente de la CGT.

  • Es precisamente en esa sede donde la desorientación parece más pronunciada. El modelo de un cacicazgo sindical único hace juego con el estilo de conducción que cultiva Kirchner. Pero la debilidad de Moyano es un hecho desde ayer. Para los mismos objetivos: paz en la calle, moderación en los sueldos, subordinación en la política, ya no será suficiente un subsidio o una prebenda.
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