Educado pero no imaginativo: Paul O'Neill no llegó al encuentro con su par Roberto Lavagna con las manos vacías, pero el regalo era el mismo modelo de cigarrera de plata que le había obsequiado el día anterior a Eduardo Duhalde. Seguramente sabiendo que el visitante venía con un presente, Lavagna se preparó y le retribuyó con un par de libros de fotos de la Argentina. Como uno de los volúmenes versaba específicamente sobre la Patagonia, O'Neill recordó que sus días de ejecutivo de Alcoa (antes Alcan Alluminum) lo habían traído repetidamente a esa lejana (para él) región del mundo.
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Curiosamente, el funcionario y su comitiva llegaron demasiado temprano, o al menos más temprano que los empleados de maestranza encargados de abrir las oficinas del quinto piso de Economía donde serían recibidos por Lavagna y su gente. Por eso, debieron aguardar de pie en el pasillo que conecta las alas oeste y este del Palacio de Hacienda hasta que agentes del Secret Service y colegas de la Federal violentaron las cerraduras del Salón de Cuadros, que alberga valiosas piezas pictóricas propiedad del Museo Nacional de Bellas Artes. Poco después, un somnoliento ordenanza arribó con un manojo de llaves, para entonces inútil. Informate más
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