La crisis financiera internacional terminó de sepultar la reputación del saliente presidente de los EE.UU. George W. Bush y de su gabinete. Lo que no pudieron hacer las acusaciones acerca de sus ambiciones bélicas, de sus estrechos lazos con la industria petrolera y el mundo de las finanzas, o su denominada «guerra contra el terrorismo», para muchos un simulacro de lucha que encierra dentro algo mucho más siniestro, lo terminaron de hacer la crisis económica y el caos financiero que se generaron en los EE.UU., debido a las gruesas equivocaciones de la era de Alan Greenspan que ahora afectan, lamentablemente, a todo el mundo. El optimismo que pueda aportar el cambio de presidente puede terminar siendo flor de un día si no aparecen nuevas, potentes y eficaces medidas que acaben con la crisis financiera, a fin de que la economía mundial pueda, con el paso de los meses, comenzar a experimentar mejoras muy por encima de las magras proyecciones de crecimiento que hoy elaboran gobiernos y organismos internacionales como triste panacea para el año 2010. Pero para que ello sea posible es necesario primero identificar los problemas. Y eso haremos sin demora. Hay uno de raíz económica, la contracción de la economía mundial que amenaza profundizarse, y otro de raíz financiera, el derrumbe de precios de toda suerte de activos financieros. Si bien la crisis hipotecaria es el nexo en común entre ambos problemas, tampoco es el problema que subyace en la base de la estructura económica mundial, dado que el boom hipotecario de las últimas décadas se gestó y encontró todo su financiamiento para que sea posible, en los denominados «Global Imbalances» («Desequilibrios Globales»). Con esta expresión se suele denominar al exceso de gasto en consumo e inversión experimentado en los EE.UU., y al excedente de ahorro de las naciones que han financiado masivamente con saldos comerciales superavitarios ese exceso de gasto norteamericano. Identificado el elemento basal, el «núcleo patógeno» entonces, de la economía mundial -los Global Imbalances- vayamos rápidamente a las soluciones que se han intentado, y a explicar por qué o bien han fracasado, o bien están en camino de fracasar. Cuando entre setiembre y octubre de 2007 la crisis financiera internacional comienza a hacer eclosión se pensó que con una dosis masiva de liquidez, un recorte grande de tasas de interés y un auxilio a los bancos las cosas podían volver a la normalidad. No fue así. Progresivamente en 2008, los gobiernos comenzaron a percatarse que con política monetaria y nada más no se sale de esta crisis. Comenzaron por lo tanto a circular ideas acerca de la necesidad de incentivos fiscales para acabar con la crisis. Fue así cómo se aplicaron en un inicio en forma tibia en diversos países recortes de impuestos y aumentos de gasto público. Las medidas fiscales, unidas a las monetarias, fracasaron también en eliminar la crisis. Fue por eso que el equipo de economistas que rodea a Barack Obama planeó un «superpaquete fiscal», que tras ser incrementado varias veces, llega ahora a los 825.000 millones de dólares por dos años. Pero antes de que el propio paquete fiscal se trate siquiera en el Congreso, la propia cabeza máxima del Fed, Ben Bernanke, salió a declarar que el paquete fiscal será insuficiente para reactivar porque la situación de los bancos no está saneada, las entidades financieras poseen en su activo ingentes cantidades de activos ilíquidos o de dudosa rentabilidad, por lo que ni la política monetaria ni la política fiscal, por más masivamente que se las emplee van a acabar con la crisis, que amenaza con profundizarse si no se aplican urgentes medidas masivas de índole financiera y crediticia que apunten a sanear a los grandes bancos, eliminar de sus carteras esos activos relacionados sobre todo con hipotecas y créditos al consumo. Pero si bien es muy probable que Bernanke esté en lo correcto en el diagnóstico, lo que marcaría que ya en este momento el equipo de Obama está desactualizado en lo que atañe a su propuesta económica y financiera, lo más probable es que tampoco la solución que propone el Fed alcance y es fácil entender por qué: aunque se apliquen en forma masiva las políticas monetaria y fiscal, y además se sanee completamente a los grandes bancos globales, nada indica que la demanda de crédito se reactive en modo alguno dado que en el estado actual de la economía mundial no aparecen proyectos de inversión que juzgados de manera rigurosa aparezcan como muy rentables. Además en la presente situación ni las familias parecen dispuestas a endeudarse para aumentar su consumo, ni los bancos parecen convencidos de que puede ser una buena idea prestar dinero a quien mañana puede perder su trabajo. La demanda de crédito para producir con miras a exportar ahora también aparece como una fuente inagotable de riesgos dada la retracción en el comercio internacional. Por lo tanto, no sería descabellado que aun cuando el equipo de Obama haga caso a las sugerencias de Ben Bernanke y su equipo del Fed nos encontremos en poco tiempo con la siguiente situación: tasa cero, liquidez superabundante, impuestos en baja, proyectos de obras públicas desarrollándose, bancos saneados y líquidos sin deseos de prestar ni demanda de crédito que atender y, por supuesto, mercados financieros ultradeprimidos, y gasto privado estancado, porque el sector privado se encuentra financieramente empobrecido merced al poseer activos financieros y reales que sólo valen una fracción de lo que ha pagado por ellos. En otras palabras, la solución keynesiana tradicional puede fracasar porque esta crisis es diferente de la de los años 30, y ello aun cuando se atiendan los reclamos de Bernanke y los bancos vuelvan a ser sanos y confiables. Vale la pena anticiparse al futuro, porque por el camino actual no parece que nos dirijamos a otro destino que al descripto más arriba. Es por ello que las políticas monetaria, fiscal y financiera ensayadas hasta ahora, más el paquete fiscal del presidente Obama y las ideas de sanear a los bancos de Ben Bernanke deben ser complementadas con una batería de medidas que garantice sin ningún tipo de dudas que la crisis financiera ha llegado a su final. Aquí debemos detenernos un instante: acabar con una crisis económica de un solo golpe no es posible por las complejidades lógicas de la economía real. Pero acabar con una crisis financiera de la noche a la mañana si es posible y deseable. Además es la única manera de sentar las bases para una genuina recuperación de la economía real, del consumo y la inversión privada. Nada mejor que pulverizar la crisis financiera para que la economía se recupere. Es mejor que cualquier paquete monetario o fiscal, y más efectivo que cualquier medida de saneamiento bancario. Los argentinos sabemos muy bien acerca de esto. Basta con recordar que la propia idea de la convertibilidad que nació en las páginas y en los comentarios de Ambito Financiero, luego lamentablemente muy mal llevados a la práctica por el Sr. Cavallo bastaron para acabar con una crisis financiera que parecía terminal. Esto no implica que los EE.UU. deban atar su tipo de cambio a alguna variable, dado que ello sería, para los EE.UU. totalmente imposible, desaconsejable y también muy peligroso. Hoy por hoy, los EE.UU. no pueden ni deben ensayar ningún tipo de esquema de tipo de cambio fijo. Pero, sin embargo, sirve para mostrar cómo no hay otro camino, frente a una crisis financiero, que derrotarla sin dudarlo, con toda la fuerza, y en un lapso muy breve. En otras palabras, la población debe recordar el fin de la crisis financiera con una fecha fija. Como si hubiera un cumpleaños ese día. ¿Y cómo pueden entonces los EE.UU. vencer su crisis financiera para hacer frente luego, con tiempo, a solucionar sus problemas económicos? La idea es sencilla. Deben generar un proceso de «reflación» de activos financieros acompañando a las medidas monetarias y fiscales que se conocen, y a las financieras que proponen Bernanke y el Fed. Hemos visto cómo el problema basal que existe hoy en la economía mundial es la existencia de los «Global Imbalances» que se han acumulado a lo largo de 20 años. Ése es el elemento base a solucionar. El otro elemento que debe revertirse sin que queden ni dudas ni temores siquiera mínimos de resurgimiento es el miedo a que los mercados de activos de riesgo vuelvan a experimentar bajas profundas. Por lo tanto, la propuesta es que el Fed y el Tesoro norteamericano anuncien en forma conjunta en una determinada fecha que las cotizaciones de diversas monedas, acciones y commodities están en precios anómalamente bajos considerados un «piso». Debe quedar muy claro que no van a permitir que esos pisos sean perforados, de ninguna manera. Y que el objetivo del gobierno del Sr. Obama es que, mediante compras públicas realizadas por el Fed, las cotizaciones de esas monedas, acciones y commodities aumenten entre el 30% y el 40% en un lapso de tiempo relativamente breve. Y además deben anunciar que esas nuevas cotizaciones, superiores entre el 30% y el 40% a los precios anteriores, operarán como nuevos «pisos» que el Fed y el Tesoro defenderán con todas las compras adicionales que hagan falta para sostener los nuevos precios durante un lapso de tiempo no inferior a tres años. Este solo anuncio, haría que los propios mercados se abalancen probablemente a comprar activos de riesgo y debería bastar para acabar con las expectativas deflacionarias y con el proceso de deleveraging actual. ¿Duda el lector sobre la posibilidad de dar vuelta las expectativas casi por arte de magia? Le sugerimos en tal caso que recuerde cómo hace sólo un par de meses atrás Ben Bernanke logró producir una fortísima suba en el enorme mercado de bonos del Tesoro norteamericano simplemente anunciando la posibilidad de que el Fed compre bonos de 10 y 30 años de plazo. ¡No tuvo que comprar ni uno solo! Y las tasas de largo plazo bajaron a niveles que aún hoy muchos analistas no pueden creerlo. Es necesario entender que los mercados financieros se mueven sobre la base de expectativas. Sólo es necesario que crean que las autoridades tienen la suficiente determinación para llevar a cabo una batería de medidas para que, benéficamente los acompañen. Esta «reflación» de activos debería llevarse a cabo al mismo tiempo que el Fed sanea los balances de los bancos comprando hipotecas y otros activos de riesgo existentes en la cartera de las instituciones bancarias. ¿Cuál sería el costo de «reflactar» monedas, acciones y commodities? Lo que puede decirse con seguridad es que con muchísimo menos de lo que va a ser el déficit fiscal del año 2009 en los EE.UU. se pueden levantar las cotizaciones de todos los activos que hemos señalado, produciendo a la vez el «efecto riqueza» necesario para que las bases estén de nuevo sentadas a fin de que el gasto agregado del sector privado no financiero vuelva a aumentar en serio, y no sólo por rebote. Y, por sobre todo, la «reflación» en la cotización de las principales monedas mundiales sería el factor primordial para terminar con el problema de los «Global Imbalances» y generar, de aquí en más, un crecimiento mundial mucho más sólido y mejor que el experimentado en los últimos 20 años, con el beneficio adicional de que los EE.UU. podrían acumular una fuerte cantidad de reservas internacionales, de las cuales carece por completo. Porque una cosa debe quedar clara: sin solucionar este problema de fondo de los «desbalances globales», en realidad un eufemismo que silencia el grave problema de la gran sobrevaluación artificia del dólar, toda solución es transitoria, y se vuelve rápido a la crisis, por más que otros activos se reflacten.
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