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8 de septiembre 2008 - 00:00

Critican salvataje por u$s 200.000 M

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Washington (DPA) - En el bastión del capitalismo, el Estado también es convocado cada vez más en caso de emergencia económica. Mientras que en Estados Unidos las fuerzas del mercado saludables generan constantemente altos beneficios y fantásticos sueldos para ejecutivos, en medios de la crisis, todos buscan la mano auxiliadora del Estado. En definitiva, buscan el dinero de los contribuyentes, que se utiliza para corregir los errores empresariales.

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Ayer se tomó la «decisión histórica»: el gobierno adquiere de hecho a los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac. Se destituye a la antigua cúpula y dos administradores estatales asumen a través de una especie de tutela («conservatorship») la dirección de los bancos. Serían 200.000 millones de dólares obtenidos a través de la recaudación impositiva que asegurarán la supervivencia de las empresas. Casi la mitad de todos los propietarios de viviendas en Estados Unidos están endeudados con estos bancos hipotecarios. Su quiebra no sólo pondría en grandes aprietos a millones de propietarios, sino que posiblemente sacudiría todo el sector crediticio norteamericano, con consecuencias incalculables para la economía mundial.

Por eso en Washington existía un gran consensoen que había que ayudar a ambas compañías. Los candidatos presidenciales Barack Obama y John McCain apoyaron la enorme ayuda estatal. A ocho semanas de las elecciones, nadie quiere hacer enojar a los votantes.

A pesar de las encendidas declaraciones de republicanos y demócratas sobre el libre mercado y la desregulación, en Estados Unidos también hay una larga tradición de ayuda estatal para compañías en emergencia, cuando son lo suficientemente grandes como para afectar a los ciudadanos y a la economía si colapsan.

Así ocurrió con el consorcio aeronáutico Lockhead a comienzo de los años 70, o con Chrysler a fines de la misma década. Recientemente, la Fed rescató al banco de inversión Bear Stearns, vendido al JP Morgan Chase. En este momento, el sector automotor necesita también ayuda del Estado; concretamente, créditos baratos por u$s 50.000 millones. Los «tres grandes», como se los llama en Estados Unidos a los consorcios de General Motors, Ford y Chrysler, están a un paso del abismo económico: sus automóviles, que consumen gasolina de forma excesiva, y que muchas veces no pueden competir técnicamente con los que provienen de Japón y Europa, son cada vez menos vendibles.

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