Cuando cada uno del sistema bien puede preguntarse -sin ánimo peyorativo-¿para qué ha servido la Comisión Nacional de Valores, en toda su historia?, parte la iniciativa, que ya venía acuñada (y como no podía ser de otro modo) de la anterior gestión del organismo: cobrar «peaje» a sociedades, instituciones, y todo lo que está dentro de su radio de acción, para aumentarse el presupuesto. Como admitimos que tenemos muchos lunares de ignorancia al tratar temas diversos, como la historia de la CNV, invitamos a que se nos acerque algún material que ilustre sobre el papel trascendente que pueda haber jugado alguna vez y, en especial, en aquello que le da la razón de existir: la salvaguarda del pequeño inversor. En algunos capítulos de su trayectoria (iniciada, si no nos falla la memoria, en 1967, porque lo que hubo antes fue solamente una farsa y resorte chaplinesco del Banco Central) y hasta no hace tanto tiempo: un representante asistía a las asambleas empresarias, como veedor y fiscalizador de que no se produjeran los clásicos avasallamientos a las minorías, entre otras exquisiteces comunes a estos lares. Pero, esa y otras funciones se las quitó de encima olímpicamente y se las dejó a la Bolsa de Comercio -por supuesto, sin pagarle nada- recogiendo velamen, en lugar de extenderlo. A raíz de esto, puede decirse que la indefensión del accionista ha sido sistemática y alarmante, de modo permanente. Han pasado camellos por los ojos de las agujas, salteamientos de normas, reacomodamientos de legislaciones a gusto y placer de grupos empresarios de cierto calibre. Cuando se iniciaron «sumarios», generalmente a un par de años de los hechos, se ha terminado con alguna sanción irrisoria: la excusa siempre fue que el régimen de castigos era antiguo y que no se había adecuado. Pero, lo cierto y concreto es que el inversor nunca pudo ver una sanción ejemplar para aquellos que le hicieron alguna mala jugada. Reiteramos que, quizás, no tenemos bien encuadernada toda la historia de este organismo, que hoy solicita que su presupuesto sea mayor: prometiendo que esto lo hará más eficiente dando más servicios «a futuro». El mismo argumento que se emplea cuando le aumentan una tarifa, antes de mostrarle las obras. No conocemos a las autoridades actuales, no guardamos ninguna animosidad especial contra el organismo en sí (que, creemos, sería fundamental cumpliendo el rol que le fuera asignado en la letra de su fundación), pero nos suena a inaudito que salga a poner aranceles al sistema, y cuando la decadencia y la deserción de empresas han llegado a límites inaguantables. Según se dice, la intención tendría el visto bueno, y bueno...
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