9 de mayo 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Una carta de tantas... de las que llegan a la Bolsa cubriendo el llamado «deber de informar». Cartas que se acumulan por decenas en cada semana, a veces en cada día, los membretes fuertes atraen la atención, son los que generalmente ocupan algún lugar en los medios. De todo surca por esas líneas enviadas a la opinión pública, novedades que son capaces de cambiar el rumbo de una cotización, de tensar la plaza hacia arriba o de juntar en ellas vendedores que quieren adelantarse a que la noticia cunda... Y por allí se pasan otras inadvertidas, con informaciones francamente obviables, para no decir tontas, y alguna carta con novedad de gran peso que nunca habrá llegado a destino en tiempo y forma: sino que esa plaza se movió primero, misteriosamente, y tras cartón recién aparece el «deber de informar». Por allí, en el gran montón acumulado, ya a punto de recibir su entierro de cesto, nos tropezamos con un nombre que nos lleva a los años del «viejo recinto». Vemos la pizarra «metalúrgica», la más densamente poblada. Entre nombres clásicos y líderes del sector -como Santa Rosa, Gurmendi, Acíndar, Dálmine...-, se deslizan varias chicas muy jugosas -Heredia, Tamet, Ferrum, Galimberti, Lombardi, Cantábrica...- y otras que eran sólo para los especialistas en perlas. Esas acciones que no hacen ruido en los medios, que no revistan en cualquier cartera, que distinguían al que decía poseerlas siendo objeto de asombro de «la baranda», como quien tuviera la mariposa más difícil de la colección. Empresas que no dejaban acción suelta, controladas con más de 90% de los votos, que solamente se podían pescar con mucha paciencia. Pero, con políticas muy rendidoras en dividendos en efectivo, siempre ganando, siempre sanas, como para ser verdaderos «papeles de inversión».

¿Cuántas quedaron de esa majestuosa «pizarra metalúrgica»?... Mejor no contarlas; sería para llorar. Pero, uno de aquellos papelitos especiales envió su fatídica carta final a la Bolsa... un 18 de abril de 2001.


Se llamaba... Protto Hnos., producía llantas para automóviles y se movía como un relojito en cuanto a resultados. No sabemos la historia, la imaginamos a partir de la tierra arrasada de los últimos años. Pero, Patricia Langan -en su carácter de presidenta- anunció que «el juez de la causa decretó la quiebra de Protto Hnos». Llantas que vendrán vaya a saber de qué confín; serán chinas o brasileñas; es la ley del mercado, se dirá lacónicamente. Otra carta al cesto, sin casi ninguna «necrológica» en los medios, y otra empresa nacional al cesto de la globalización. No importa «sale Protto, entra un CEDEAR...», gritará una voz ocupada en que una empresa o un papel resulten iguales venga de donde venga. En tanto, se reparten nuevos planes Trabajar...

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