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No es casualidad, tampoco, que la deuda externa fuera creciendo a ritmo cada vez mayor desde esa década en más. Los ministros de Economía apelaron a pedir para cubrir baches, evitando el esfuerzo; los balances fueron mostrando que pasar de 100% del ratio endeudamiento era casi un juego alegremente ensayado. Y que también era un recurso que a nadie ponía colorado entrar en la «convocatoria», para dejar de pagar intereses. Esto, que es sólo una pintura a grandes trazos, terminó con lo que todavía hoy no se tuerce: el dar como buena noticia, como gran noticia, según los montos, que el país obtenga un «blindaje». O que, más allá, se formalice un «megacanje» que hipoteque todo futuro a tasas insoportables y multiplique los montos de la deuda.
Azuzar a la población a tomar créditos en dólares, para consumir desde la órbita oficial -instando a que la gente se endeude sin mucho razonamiento-, ha corroído toda la base. Si hay que buscar un punto de partida para enderezar nuestra triste historia presente y futura, acaso esto será cuando se reciba con luto el endeudamiento, cuando se lo lamente en lugar de festejarlo y cuando exista responsabilidad de todos para entender que vivir apalancados tiene semilla para crecer o para ir la ruina. Depende de la sensatez con que se haga. Es curioso cómo esta cultura nunca se revisa, echando más vino a la borrachera: y pasando a ésta como buena.



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