Febrero del '49, justamente para un día 18 de ese año, todo se volvía frenesí y derrapadas grotescas. La actuación del engendro llamado «IMIM», sobre el que algunas referencias ya dimos, tuvo mucho que ver en el desplome. Tal entidad no era una creación propia, como el dulce de leche, sino que nuestros copiones sabuesos lo habían tomado del nominado Instituto Mobiliare Italiano y que había sido creado por el conocido Volpi, «para salvar el peligro de las especulaciones...» La función de esta maquinaria estatal era sumamente sencilla: «regular el mercado de acciones, amortiguando los movimientos bruscos». Para encontrar algo que se asemeje hoy por hoy, debería buscarse en la intervención del Central, sobre la fluctuación del dólar. Las acciones también son libres, nacen de tal modo, pero son pocas las que se pueden dar el gusto de flotar como una mariposa, según las lleve el viento de las fuerzas naturales del mercado. Posiblemente haya que encontrarlo en algún pequeño grupo, que al llegar a un mercado de enorme movimiento -como puede ser una Pérez Companc-se haga más libre y menos gobernable. El caso es que, nuestros «genios» de la década del '40 (los hubo en todo tiempo, los hay hoy... y son peores) montaron la maquinaria, aceitaban sus engranajes, seducían con su poder supuesto (como ahora, y siempre, algunos funcionarios la van de vivos con el dólar: hasta que se los lleva puestos, en el momento menos pensado). Cuando llegó la hora de salir a campo abierto a dar batalla, el saldo lo definía muy bien el excelente «Economic Survey» (periódico financiero, desaparecido hace unos años). «El derrumbe es evidencia de que no ha podido ni siquiera hacer frente a la baja, encima de no haber detenido el alza». Así, decía el medio especializado. «El IMIM ha desempeñado más bien el papel de fomentar, que el de restringir la especulación». Decía esto, porque hubo un personaje clave en el montaje del movimiento que explotó como burbuja, se llamaba Ryan y era dueño de las dos firmas clave en el andar de la tendencia: «Pesca» y «Globo». Recibió unos m$n 53 millones de financiamiento de parte del IMIM, a cambio de dejar acciones en garantía. El crac bursátil de 1949 resultó una catástrofe, pero seguramente que existía mucha más solidaridad dentro del sistema mismo de la Bolsa. No hubo suicidios de agentes en masa, como se forjó la leyenda, aunque sí algún caso. Pero, lo mejor es que se consiguió rearmar el esquema de liquidaciones sin inventar ningún «corralito» artero. Dentro del mercado los fondos disponibles de los que estaban bien, fueron a cubrir a los que venían caídos, con tal de salvar el sistema. «muchos iban con la suela de los zapatos, con agujeros...» nos contaba un veterano agente. Pero, se pudo salir del pozo. Acciones que perdieron 70% de uno a otro año, y un esperar hasta 1953 para repuntar. Quizás podamos encontrar más imágenes de aquello que ahora se conmemora: el crac de 1949. ¿Seguimos?
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