25 de septiembre 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

No es esta modesta columna de Ambito Financiero lugar para disputar primicias, ni estuvo nunca a disposición de difundir los perjudiciales rumores, o versiones, que suelen servir muchas veces a fines ambiguos y poco santos. Pero nunca tampoco se eludió la responsabilidad de difundir las que parecían justas quejas, haciéndonos eco periódicamente de cartas de inversores que planteaban un caso -con nombre y apellido- y pedían que se indagara y juzgara el mismo por parte de las autoridades del sistema. Otras veces, aun en épocas donde todo «parece bien», cuando la Bolsa encara los ciclos alcistas y los desvíos pasan por los peajes sin que nadie les de mucha importancia -porque la gente está contenta-, no escatimamos la crítica a quien fuere, desde Comisión Nacional de Valores, empresarios, inclusive legisladores o ministros de Economía, puntualizando aquello que surgía como perjudicial para nuestra Bolsa. La propia Cámara de Inversores, a la que poca cabida se da en los medios, encontró en esta página un lugar para difundir también sus opiniones o denuncias de hechos que iban en contra del inversor minoritario.

Pues esto está dicho a modo de preámbulo: para deslizar una opinión que nos nace después de haber acumulado una serie de novedades de diversas sociedades, en los últimos tiempos, y que solamente puede concluir en que: no se está tratando debidamente al inversor que queda. Sea persona física, institucional, nacional, o extranjero. No quedan lo debidamente claras las decisiones de «grupos de control» que incorporaron usos y costumbres importadas -y ya vemos cómo las gastan en la gran usina generadora, Wall Street-sembrando promesas, para realizar alguna operación que solamente contempla intereses de la mayoría. Y, finalmente, van todos ellos terminando en el peor de los fracasos. Es obvio que cuanto más popular y difundido resulte un papel, más daño hará al sistema y a la credibilidad al caer en decisiones profundas, sin un futuro que mejore el anterior estado de cosas. Un par de ejemplos pueden bastar, recordando los canjes compulsivos (Telefónica, Repsol, por nombrar un par de grandes) luego aumentados y deteriorados, al incursionar en «partir» sociedades originales y generar ramas distintas: como, Grupo Galicia, Pérez Companc, lo último ocurrido en torno de Siderca, y estamos nombrando en esto a la cúpula esencial de los índices Mervales. Intentos de «suscripción» que no son más que una grosera búsqueda de «licuar» las minorías. Empresas que quieren salir a buscar dinero fresco de los inversores, cuando tienen resultados horribles o estructuras con endeudamientos que las dejan en una cornisa.

En la cultura del «sálvese quien pueda», tradicional, parece agregarse la consigna del
«y que sea como sea», dejando en total indefensión a quien ya pasando por encima de los terribles contornos que tiene la inversión de riesgo, en un país como el nuestro, juega a la ruleta rusa, que le preparan de manera impune. Cuidado con esto.

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