5 de noviembre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

El que adquiere una acción de sociedad privada está comprando un papel de «renta variable», de «alto riesgo». Quien se hace de un título público, compra «renta fija», papel de «bajo riesgo», ya que tiene el respaldo soberano detrás. Son las diferenciaciones que cualquiera encuentra al tomar contacto con un mercado bursátil, o con alguna clase sobre mercado de capitales. Pero, al presidente Kirchner le están mezclando las apelaciones, en lo que parece ser un curso acelerado del funcionamiento de los mercados. Y así se deslizó con declaraciones del fin de semana, ratificando la propuesta unilateral a los acreedores, cruzando los conceptos. Para comparar que una de las tantas sociedades quebradas, después del episodio de los balances falseados en Estados Unidos, apenas había pagado 15% de un título... como que lo de la Argentina era mucho más valioso, con su 25%. Agregó, para ajustar más la comparación, que el país también está «quebrado» y casi no entendiendo por qué se admite el desagio en la acción de una privada, mientras que se quejan ante el bono de un país. Ciertamente, sería conveniente que Lavagna & Asociados esclarezcan al Ejecutivo, acerca de no pretender conmensurar: lo inconmensurable. Una acción no equivale a un título público. Ni aquí, ni en la China. Ni en el fondo de la historia, siempre corrieron por vías separadas los papeles que emitían los gobiernos, respecto de las empresas privadas. Y el sector que más dinero absorbe es el del título oficial, por su bajo riesgo.

Si la meta es confundir mucho más al ciudadano común, de lo que ya lo está, de eso se encarga el propio ministro: que sale lujosamente en sus primeras entrevistas, asegurando que el tema de los acreedores privados y los juicios no traerán ningún problema. Y, de buenas a primeras, aparece en los medios casi pretendiendo una «cruzada» y con la gente encolumnada detrás de la propuesta, como también todo el empresariado. Lo que se paga a un acreedor, siempre pasa por el esfuerzo del deudor, a menos que sea un deudor cómodo. Quién no ha tenido que recortar su presupuesto familiar, en virtud de tener que abonar la cuota de un crédito, o afrontar impuestos, ante un ingreso que ya no alcanza para todo. Recordamos, cuando la terrible crisis asiática, las fotos conmovedoras de ciudadanos de Corea que donaban sus alhajas, cadenas de oro, cosas por el estilo, para ayudar al presupuesto nacional. Hacer concientizar sobre que los compromisos no deben cumplirse con ajustes de nadie, no es una buena clase para la sociedad. Que los empresarios, inmediatamente, hagan causa común con la idea es puro mercantilismo, en estado primitivo. Y lo que pide Lavagna, arengando a la gente, no debería llamarse «adhesión», simplemente, sino una suerte de «complicidad»: no desde antes de efectuar la jugada, a puro riesgo de los funcionarios, sino cuando se las están viendo fea. Ya que solicita esto el ministro, como ciudadanos le decimos:
que no cuente con nosotros.

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