«Invertir en arte suele rendir más que la Bolsa», nos dijo en un reportaje de este diario el director de «The Fine And Fund» -Philip Hoffman-, que llegó para profundizar contactos con potenciales clientes locales. De paso, dejó un par de datos estadísticos. Haber colocado 100.000 dólares en 1976, en la Bolsa -dijo- habría rendido 800.000 dólares a 2003. Pero si lo hubieran invertido en obras de arte, el rendimiento hubiese sido de 1.600.000 dólares.
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Además de poner en descubierto que el mercantilismo puro no ha dejado ya lugares sin tocar, al punto de poder cotejar el rendimiento de una acción con la de un cuadro de artistas que tenían antes otro destino este señor nos dejó un calificativo al que tomamos, de inmediato, para incorporarlo a la terminología no bursátil, que es capaz de definir mejor que los términos habituales.
Cuando la periodista -Ana Martínez Quijano- le interroga acerca de «¿Qué tipo de obra compran para el Fondo?»... la respuesta es: «Hemos invertido en obras 'calidad museo', que es la calidad más alta y abarca sólo 2% del mercado total de arte en el mundo...». Nos quedamos con tal sello, tan significativo, como para elogiar una acción al máximo posible y denominarla: «calidad museo». Ciertamente, quién podría superar el elogio, que es perfectamente asimilable por todo público. Los máximos grados que pueden circular en el idioma propio de la inversión hablan con énfasis de un «papel de inversión» (para destacar su calidad). Pero, muy lejos de poder extraer una verdadera esencia calificada, los distinguidos, los que son muy pocos en cualquier mercado y entre miles de acciones cotizantes.
Nada más allá de una: «calidad museo», donde sólo las obras excepcionales lucen en sus paredes. Y donde no alcanza todavía el ambiente mercantil a tratarlos como si fueran simple inversión «mobiliaria». El asunto se puede poner peliagudo si llega el instante de la selección. Primero, habrá que analizar si es que en la Argentina, podríamos poseer algún papel accionario que acceda a una «calidad museo» y resista todas las pruebas de calidad. No sólo el balance hace al candidato, tampoco el precio y la diferencia que alcance en un período de mercado. Mucho menos el simple volumen negociado, que apenas sirve para ser una del Merval. La calidad de un Directorio debe incorporarse al tamiz, el prestigio como empresa, la trayectoria y la política que se ha seguido a través del tiempo y de distintos avatares del entorno. No puede obviarse el trato hacia el accionista minoritario, la política de dividendos, la de retribuciones a sus ejecutores, el responder siempre con honra a los compromisos. En fin, no cualquiera pudiera colgarse en una galería donde se aparten los papeles «calidad museo» en el mundo. Podría llegar a utilizarse de modo más «light», necesario para nuestro medio bastante contaminado, pero nos pareció una definición de los más sencilla, exacta, elegante para remozar viejos términos bursátiles ese toque de... «calidad museo».
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