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Asociado a una imagen mucho más revulsiva que el del gobierno de transición, Lavagna fue cobrando un perfil de prócer romano haciéndose cargo de su gestión: y de todo lo que le vino heredado, por gente que pagó con su cargo por ello. No vale reiterar las tres columnas que venían desde antes y que el actual ministro aprovechó debidamente, por medio de las cuales se pudo sostener la singular relación entre una fenomenal devaluación, con indicadores internos que no le correspondieron en proporción. Está bien que pase a cobrar alguna factura mediática, en función de una etapa de estabilidad y cierto repunte que se produjo con su conducción económica. Pero, aparecer exuberante en un foro y declarar que la devaluación argentina «fue la más exitosa del mundo», es ir demasiado lejos. La exuberancia se convierte en grotesca, la delgada línea que separa al humor del ridículo, se ve así vulnerada. Transmitir la idea, tomando solamente indicadores de tipo de cambio vs. inflación, aferrándose a los números e ignorando de qué modo crujió la sociedad ante las diversas medidas y escenarios, en que se gestó esta devaluación: es casi una falta de respeto al ciudadano pensante. La confiscación literal de bienes puestos en todo tipo de activos, la falta de honor para cumplir compromisos, la tremenda caída del poder adquisitivo, la enorme capacidad ociosa de las plantas empresarias, las normas arbitrarias tomadas en aras de la emergencia y derribando los principios del derecho de la propiedad privada: formaron parte de ese jarabe amargo que se obligó a tragar, lejos aún de digerirse.
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