Inesperados sesgos se van produciendo, en lo que debe tratar de interpretarse de quienes dicen querer caminar sin planes y dejan caer en la sociedad datos sueltos, a los que se debe tratar de reunir como en un rompecabezas. Las disquisiciones de Economía, acerca de lo que se viene en 2005, en cuanto a afrontar compromisos. Las confusas señales que se envían, como diciendo al mundo «no tenemos miedo de romper con el Fondo», se compadece con la soberbia de ser los grandes morosos quienes acucian a los prestamistas, a que reconozcan sus errores. Total, según la línea de pensamiento, la acumulación de deuda externa no fue obra de este gobierno, y no queremos saber nada con los que adquirieron compromisos en el pasado. «Mucho llevo y más no quiero» -con los primeros versos de un bello tema, «Equipaje»- y en el equipaje de quienes deben decidir inversiones de todo tipo, más las de riesgo puro, el equipaje viene demasiado completo. Habría que pedirles, por favor, se-ñores gobernantes, señores políticos, no agreguen más: se hace imposible levantar ese equipaje. Dejar flotando la duda sobre si se volverán a repugnar compromisos, o si se saldrá a empapelar donde se pueda con más «bonos basura», si correrán las LETES como el agua, o si se acaricia la opción de romper lazos con el mundo financiero exterior, son cartas demasiado bravas para cualquiera. Días atrás, notamos en el ambiente bursátil que existe preocupación creciente mucho más por estos asuntos que por los dislates de la política. Aparece ahora en el horizonte una luz amarilla que no estaba presente: la de querer jugar a fondo ciertas barajas, de las que son a todo o nada. Y el tufillo se va expandiendo, cuando son muchos los que se plantean que con ciertos cambios de rumbo, perfectamente admisibles, se podría crear otra atmósfera. En el mercado, la alternativa de dejar que el índice rompiera hacia abajo -con tal de devolver volúmenes decorosos-se vino empleando consecutivamente. El Merval se volvió a alejar de los 1.000, pero pudo respirar nuevamente la plaza y salir del principio cierto de asfixia. Lo que denotó que el arrugue de órdenes era el recurso ortodoxo de tratar de proteger los precios, haciendo más corta la cancha. Y cada vez más corta.
Una vez llegados a los $ 12 millones, no había para acortar más.Y la demanda no reaparecía, mientras los vendedores esperaban afuera hasta que advirtieron que había que volver a ingresar: cediendo, para vender.
Surgió después una corriente tomadora, pero acaso para repetir el plato de acumular en cierta zona del índice, para devolverlas treinta puntos más arriba, o menos. Entretenimiento puro, busca del jornal en un mercado que vive de estas changas, pero que se acercó al remate de mes con ritmo un poco más normalizado. Pero, ojo, que hay preocupación de fondo en el sensible barómetro bursátil.
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