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25 de febrero 2005 - 00:00

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Semana en la que hubo que seguir por todos sus recovecos, mientras se soportaba la incertidumbre por hechos que deben quedar a la vista. Entretenimiento mediante, con el sainete instalado respecto de las «valijas voladoras» y que también van tomando el ritmo de casos resonantes de distintos orígenes. Esa secuencia de la noticia que explota, la apariencia de culpables nítidos, el respaldo a unos que después se desmorona, acusaciones cruzadas y un amasijo de informaciones y declaraciones oficiales que -según la secuencia debería después entrar en un letargo, hasta que todos vayan cayendo en la cuenta de que «aquí no ha pasado nada». Y será reemplazado por otros casos, en la fábrica permanente que resulta nuestro medio, así como ahora lo de las valijas suplantó a las polémicas por la insólita ley que hará salvar a unos cuantos...

Matizando la espera, como en la sala de un dentista, el ambiente se entretuvo -sin darle mayor importancia- velando por lo único que parece importante para los operadores: la adhesión al canje. Por allí también surgió Lavagna, dándole alguna importancia al advenimiento de la inflación. Pero, pretendiendo que ésta se puede graduar a voluntad, una vez iniciado el proceso. El tremendo error en que cayó la dirigencia nacional, como para haber terminado en sofocar las «híper». Creer aquello que «un poco de inflación» está bien, pero si se va de lo pretendido «está mal». Y esto queda a gusto y paladar de cada gobernante, de cada funcionario de alto rango. ¿Qué nivel de inflación tolerable será para Lavagna, cuál será de Kirchner y sus delfines políticos?

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