30 de mayo 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Al reconocer que, finalmente, los bonistas que no ingresaron en el canje original habrán de ser contemplados pasó como una simple mención, dentro de algún reportaje, derrumbando en dos renglones todos los discursos a voz en cuello donde se proclamara lo contrario. Un asunto que se pone en caja, pero con el mayor sigilo ante la opinión pública que vino de digerirse cataratas de expresiones de todos los funcionarios, haciendo creer que el país, simplemente, restaba de sus pasivos la formidable suma de los bonistas rebledes, y a otra cosa. Sirve para medir personalidades, imágenes mediáticas, la escasa seriedad con que se va en una dirección de cualquier tema, para después virar con la mayor naturalidad. Claro, no hay muchos deseosos de solicitar explicaciones, acerca de cómo es que si no iba a atenderse ningún tipo de reclamos, a renglón seguido se dice que no se pensaba repugnar la deuda. Y que figura como un «pasivo contingente», para resolver en cierto plazo.
Es esto el tipo de poder que se sigue construyendo, saliendo a solicitar para octubre todavía mucho más libertad de acción y no votar a legisladores que lo condicionen. Pero el tema de los bonos reclamados constituye todo un símbolo, acerca de lo disociado que puede caminar un gobierno entre lo que pregone y lo que realice. Casi una definición acerca de lo que puede titularse como «poco confiable». Y personas, sociedades, o gobiernos, que deban portar ese rótulo llevan una pesada carga en contra: el escaso crédito de que gocen.

En un país donde todos deban estar cuidándose unos a otros, esperando la fullería del interlocutor, no es demasiado auspicioso lo que pueda esperarse. Para el señor Alberto Fernández, jefe de Gabinete, lo sucedido con el canje «implica darles a los inversores una panorama más definido de lo que puede esperarse de la Argentina». Cuesta discernir si ello deba tomarse como un elogio, o como una lápida impensada. Pero es así como se teje la trama, mientras aparecen datos que quieren ser alentadores en la versión oficial, pero que siembran la preocupación en lo privado. Una suba de costos de un punto para abril, con nueve por ciento acumulado en el año, implica que los márgenes empresarios continuarán en reducción y ejerciendo el indudable peligro inflacionario, si se va volcando a precios finales. Y si la virulencia social, por aumentos salariales, recrudece en vez de amainar, aparecerá otro importante componente de lo que después se recicla como alza en porcentuales de inflación.
Por otra parte, el freno en el consumo en rubros básicos, como supermercados, y decayendo casi 1% respecto del mes anterior, señala que los engranajes están chirriando por falta de lubricación. Una encrucijada que está más allá de toda alocución triunfalista. Y, la verdad, aflora sola.

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