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20 de junio 2005 - 00:00

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Si se está en el directorio de una sociedad de cierto porte y se deben clacular todas las imposiciones directas e indirectas, con las que se deberá lidiar en el futuro: acaso cause espanto ver de qué modo se va diluyendo la utilidad, que se va contrayendo ya desde costos que vienen trepando, que contiene esa porción irreal -por lo inflacionario que no se corrige- sobre la que también hay que recortar fiscalmente. Deberá estar preparado el inversor para ser benigno con resultados que se puedan ir adelgazando, por más que las compañías sostengan su fuente de ingresos.

Las cargas se podrán ir soportando, en la medida en que el mercado interno de demanda y la posibilidad exportadora a buenos precios resistan en el tiempo. Pero, al respecto, no hay más seguridades que el presente y un corto plazo proyectable. Lo que suceda más allá dependerá de los vaivenes, lógicos, que poseen los mercados y sus ciclos. A cambio, las empresas cuentan con una pesada seguridad en sus alforjas: los gravámenes van a seguir estando. Y si la situación de las cuentas del Estado empeora, una seguridad adicional, que le creen más imposiciones bajo cualquier argumento y con los rótulos más imaginativos.




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