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Especialmente, cuando se abordan temas que resultan materia prima de nuestra especialidad y donde aparecen autozancadillas insólitas. Si el lector desea un ejemplo práctico, real, se lo vamos a dar pero en una esfera donde resulta mucho más insólito todavía, que tales equivocaciones de principiantes se cometan. Como el que cometieron funcionarios de tan alto nivel, como de Economía, dejando deslizar en los medios (y éstos lo reprodujeron hasta en las tapas) que la inflación de junio rondaría 0,5%. Y que donde podía haber algún dato más elevado sería en julio. Muy bien... resultó que ya entrados en julio, aparece con letras de molde en todas partes que la inflación del mes anterior llegó a 0,9%. Y en todas las menciones, la bajada de línea -bien ganada, por otra parte- remataba el dato específico con «esto resultó bastante más alto, que lo que esperaban en el gobierno». O bien, una variante, como «la inflación de junio salió a casi el doble de lo pronosticado por los funcionarios». Remate lógico, ya midiendo lo de julio, donde se remachaba con «esto hace temer por el índice de julio, al que se consideraba más complicado que el de junio». Ahora bien, uno se pregunta para qué diablos surgieron los profetas a hablar, cuando ni siquiera había culminado el mes y para exponerse de tal modo. Creando todo un discurso en derredor de la marca anunciada, por culpas de esas manifestaciones tan alejadas de la realidad y que habían forjado una expectativa favorable: que se cayó a pedazos, con decepción, y predisponiendo mal a lo que se espere de julio.