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14 de julio 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

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Es notable de qué modo los mercados intentan zafar del varillaje virtual en que los han introducido, y cuán vanos resultan -por ahora- esos intentos. El sentido de estar atrapados entre varillas corresponde cuando uno piensa en un cerco que no es pétreo, ni acerado, sino que resulta flexible. Tanto, como para dejar la idea dibujada en el aire de que es posible salirse de esa prisión, donde están sometidos, y esto, acaso, es lo peor que pueda suceder. Esa sensación de que el esfuerzo está dando resultado, que falta un poco más de flexibilidad para estar del otro lado y... las varillas marcan un punto límite: se doblan, pero no se rompen. Ni siquiera se resignan a dejar salir a sus presas: los mercados. Y uno piensa que es lo peor, porque cuando la cuestión va barranco abajo, al menos no hay mucha ilusión por hacerse, sino que se llegue al fondo cuanto antes.

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La velocidad en encontrar el lecho de una tendencia es directamente proporcional a la opción de poder dar la vuelta. Pero, cuando se intenta y se vuelve atrás, cuando se piensa que ya está superado el valle y uno se encuentra nuevamente dentro de él, la frustración lleva a la desesperanza.

En lo paupérrimo de los volúmenes de estos días, se podría advertir una porción mayor de desesperanza por el vuelco inminente. Hay manos operativas que parecen estar desaparecidas en acción, o en inacción, para graficar más la realidad que se puede imaginar. Y cuando no se quiere operar, haciendo una suerte de retiro forzoso por el piso y las terminales, se retrasa la capacidad de asimilación y de cambio de manos. Estuvimos viendo un lento goteo de negocios, sobre especies que fluctúan sin tener ningún tipo de respaldo en la cantidad de efectivo.  


No sólo por aquí, en Buenos Aires, se observa lo que producen indicadores del exterior, y la similitud es casi automática: son los mercados bursátiles atrapados en tal cerco flexible, pero implacable. Siempre volvemos al mismo lugar, por más que los días se maticen por alguna acción que escape al ambiente amodorrado del recinto. Y estamos en nuestra zona de temporada alta, donde debieran poder armarse los movimientos más densos y vigorosos. Si esto es solamente niebla importada, que nos invade sin tener causales locales, parece resultar una conclusión apropiada para resignarse: «la culpa es de los otros». Fórmula muy utilizada en todos los niveles nacionales, como -por ejemplo- con los virus de nuestra decadencia continuada. Como ya no está el FMI, el próximo valle argentino deberá ser -sin dudas- culpa de Chávez: nuestro actual financista. Pero no hay mucho incentivo doméstico para suponer una tendencia alcista y firme en nuestro escenario. Que se sigue poblando de ripio, ahora agregando a los chilenos a la lista de enojados. Tensiones que se suman.

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