Con tan poco se derrumban, con tan poco se levantan. El pasar de la semana por todos los mercados haría poner colorados a grandes operadores de la historia bursátil mundial. Pasar con tanta prontitud de un estado de grandes miedos a otro de euforia no deja de ser una característica afín al mercado de riesgo. Pero, que esto ocurra frente a novedades solamente coyunturales impone de un principio de histeria que vuelve mucho más peligrosa a la inversión. Veamos que el Merval se fue derritiendo solamente en un día, para reingresar al sótano de los 1.890 puntos, estar a las 48 horas apuntándoles nuevamente a los 2.000 puntos de meta alcanzable antes de fin de año.
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No había quedado nada claro acerca del momento del derrumbe general, cuando ya la investigación no servía porque las cosas retornaban al punto original y hasta partían en la dirección opuesta. Como aquello que se observa -y se comenta con naturalidad- de papeles que tienen que ver con el sector petrolero y forjan gráficos de seguimiento diario, según suceda con el precio del barril. Un disparate operativo. Solamente entendible, desde el supuesto de que el mercado esté solamente poblado por los jugadores del día por día. Se podría consentir en un seguimiento de tendencia, o sobre novedades de fondo que -por caso- tome la OPEP frespecto de la producción. Otra cuestión es andar a los saltos («como rengo en tiroteo», diría el gracioso) por culpa de que el petróleo subió, o bajó, un par de dólares respecto del día anterior. Claro que esto no deja de ser una simple opinión, seguramente no compartida por los que actúan y consideran que está bien moverse de tal forma.
Lo concreto es que un noviembre que se había oscurecido súbitamente en su atardecer, a poco de andar veía de qué modo resucitaba el sol sobre los paneles de precios. Una semana que bien puede servir para mostrárselas a chicos recién recibidos (como los que se premiaron días atrás en la Bolsa de Comercio, egresados con promedios impecables de distintos estrados). Eso sí, se les puede mostrar lo sucedido entre el lunes y el jueves -no sólo aquí, en general-, pero habrá que ver quién se encarga de darles las razones y argumentos valederos como para no decir que los mercados son también capaces de saltar sin miramientos. Y de reflejar fuertes fluctuaciones en sus precios: desproporcionadas frente a los motivos supuestos.
El mundo parece estar viviendo «sobre ascuas», en una mezcla de inseguridades, nervios al límite, deducciones apresuradas, reacciones impulsivas. Donde se mezcla todo -como en «Cambalache»- y hay que tener más instinto y suerte que antes para que el capital salga sin chamuscarse. Tan sencillo es imaginar un Merval aterrizando en «2.000» como en viaje abajo de los 1.900. Más juego que inversión. Malo.