20 de febrero 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

El extraño fenómeno del «subsidio invertido» todavía no ha sido tratado por los que analizan la economía y llenan largas páginas en informes y medios. Porque es de rigor que los subsidios son entragados por los gobiernos ante circunstancias muy especiales y cuando aparecen causas poderosas e inesperadas -como cataclismos- o bien, frente a depresiones que afectan a ciertos sectores de la economía (como caída de precios internacionales), desastres climáticos, o hasta llegar a motivaciones de orden geopolítico: tal el caso europeo, para impedir que la población rural se los instale en las grandes ciudades. Variedades de estos simples ejemplos existen, de todos los colores e intensidad, pero llegar al subsidio para evitar que los precios suban -y no para ayudarlos en la bajaes lo que por aquí se puso de moda de manera fervorosa. Y una vez iniciado el régimen, lo que se ve es una aceleración de tal instrumento que deriva en dos conclusiones: A) El virtual fracaso de la política de contención de precios colocando tapas a las ollas. B) La carencia de toda otra intentona que no sea la de entregar dineros del erario, ya sin demasiado análisis pormenorizado. Como estamos en una zona de la Argentina de sojas gordas y las cifras con cientos, y hasta miles, de millones fluyen sin que nada parezca mucho, se van amontonando las sumas que deban abonar como nuevos gastos públicos. El poder de imitación entre sectores es tan inmediato para las cosas buenas y gratificantes, que lo que puede esperarse es una repetición entusiasta de quienes amenacen con la suba para obtener un subsidio. Que, curiosamente, parecía una mala palabra en tiempos de sojas flacas y cuando, ciertamente, varios sectores los necesitaban para no sucumbir. En esos casos, los enviaban a los bancos a endeudarse hasta los dientes (y con la sola promesa de tasas más livianas).


Así que se agrega a las enormes sumas a tener que pagar por esos regios bonos ajustables, por CER y por PBI, donde se quiere obturar a los primeros con inflación a medida. Y con estallido de subas de ajuste en los segundos -por lo bien que nos va- que casi merece el estudio oficial de hacer también PBI a medida.

Nada de esto parece inquietar a los que trabajan en los mercados y que tratan al contexto como un vaso rebosante, al que ninguna suma de pasivos le podrá hacer daño. Algo así como cuando gobierno y empresas de los 90 lo fueron pensando, mientras duró la bonanza. Y se terminó con los harapos que, gobiernos y empresas endeudadas, debieron mostrar con una formal crisis. Puede ser que esto constituya una tonta reflexión sobre tontas cifras que no merezcan la alarma. Pero es que de una pila de pequeñas tonterías se van erosionando las economías (y las compañías mal administradas).

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