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27 de agosto 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

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«Hola!... yo soy el Dow Jones, pero un poco más avejentado.» Y si los índices hablaran, se representarán en una corporización, cuántas arrugas nos mostrarían, cuánta tristeza después de salir de un nuevo vapuleo.

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¿Y si tuvieran brazos, para poder destilar toda su bronca contra los que los llevan a esos trances dramáticos? Difícil es saber a quiénes les embocarían el primer cachetazo. Quizás, a los simples ejecutores de su desgracia, a los operadores que los llenaron de ventas. Pero, si con los índices no se discute, es porque deben ser inteligentes. Y entonces, seguramente que apuntarían a una línea superior. A los que colaboran en inflar, inflar una «burbuja» y, después, buscan responsables entre los eslabones más débiles, como para calmar las iras de la masa.

Dice una teoría que «los mercados no tienen memoria», posiblemente basada en ver la historia y comprobar que todo se repite, por los siglos de los siglos, en todas sus facetas. Hasta quedarnos con la mínima esencia: los motores de todo esto, siempre serán la codicia y el temor. Pero, como los hombres que le dan vida, tal vez los mercados posean una memoria selectiva. Y para poder seguir adelante, borran los momentos trágicos. Con lo cual, también se condenan a repetirlos. Lo que es cierto, y lo seguirá siendo, cuando esto vaya calmándose del todo velozmente -más de lo aconsejable- todos los involucrados, de arriba, de abajo, de los costados del mercado, limpiarán los momentos de espanto otra vez vividos. Las acusaciones, la falta de análisis profundos y que terminan por quedar en superficie, quedarán como el asesinado de John Kennedy, o de Marilyn Monroe, en caja sellada y para que algunos historiadores la revisen dentro de medio siglo.  


Igual, así como en el trazo grueso todo pasa y todo vuelve a regenerarse, en la revisión fina no todo queda igual. Si los índices podrían lagrimear por algo: seguramente lo harían por los «inversores desconocidos», aquellos que nunca más se animarán a entrarle (y de esto, sabe mucho, hasta saturarse, la historia de nuestra Bolsa). Se trata de cuantificar todo lo que envolvió el reciente desastre, con epicentro en el sector inmobiliario de Estados Unidos, se sabe de las grandes sumas inyectadas por bancos centrales. De pérdidas bancarias, de casas de inversión, de caída en los índices de valor, pero -y es lo más grave- jamás sabremos cuántos participantes de lo bursátil, se habrá llevado la lava candente que derramaron los mercados en erupción.

Muchos de ellos, si actúa la memoria selectiva, acaso retornen. Tantos otros no querrán ni oír hablar, de colocar ahorros en títulos privados. Y, más todavía, una secuela segura es que quedarán siendo voceros enemigos, haciendo desistir a otros que lo quieran intentar en el futuro. Será el verdadero mal irrecuperable.

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