Los quiere volver locos a todos el presionado Bernanke; después del mensaje sobre estar preparados para una rebaja de tasas y sin desconocer que puede irritar a la inflación, reapareció compareciendo ante el Senado para deslizar que «se prevén quiebras de bancos pequeños por la crisis inmobiliaria...». ¿Cuáles son los pequeños?, ¿cuántos pueden estar en la lista?, ¿cuándo comenzarán a dar la nota de la quiebra? Las preguntas clave no se contestarán, más que al hacer camino al andar por 2008. Después de semejante anticipo, el cable decía que «las Bolsas se asustaron por el comentario y bajaron tras la intervención de Bernanke». Stop.
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Y hubo más, ahora de parte del secretario del Tesoro, Henry Paulson, el que afirmó que el gobierno «se opone a grandes intervenciones estatales» (en el mercado inmobiliario) y que éstas puedan implicar « salir al rescate de los especuladores, o de los prestamistas». (En tal caso, esto encastra con lo anticipado acerca de la quiebra de esos «pequeños» bancos.)
No se puede menos que estar de acuerdo con esto último y no entrar a salvar náufragos de manera indiscriminada (como se suele hacer aquí) sino en que los audaces, que se jugaron a hacer una diferencia con inmuebles, o los banqueros negligentes que llenaron solicitudes del modo más liviano, terminen por pagar sus propias culpas y reciban el castigo a la codicia desmedida. Son las simples leyes del mercado: se la jugó, le salió mal, el castigo es la quiebra. O la pérdida de lo adquirido. Principio que ha quedado en el olvido en nuestro medio, aunque sigue vigente -por ejemplo- en lo que hace a lo bursátil. Compró acciones, todo se vino para abajo, se perdió mucho dinero: no queda otra que esperar por el repunte. O retirarse magullado. Y si se quiso hacer el gran audaz, como cuando se «cauciona», el riesgo del negocio es, simplemente, la quiebra. Se pierde todo, sin que nadie venga a tirar salvavidas, o salga el Estado a hacerse cargo de la pérdida. Y éstos son los marcos para que se vaya formando correctamente un inversor, jugando con un riesgo calculado y no a tontas y a locas. Lo que no sucede, con frecuencia, cuando la gente solicita préstamos o arriesga en una hipoteca: sin efectuar los debidos cálculos, o trabajando con hipótesis de mínima para poder afrontar un cambio contrario, si éste se produce.
Habrá que ver si, en efecto, se concreta con las ideas dichas por Paulson el pretendido salvataje. Porque ya debe haber, también en Estados Unidos, quienes le susurren al oído que «no conviene pagar el costo político» y terminan por salvar a justos y pecadores, disponiendo de dinero que -obviamente- no es de ellos, sino que por demagogia política disponen como si lo fuera.
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