4 de abril 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

Los mercados nacieron libres. Tuvieron que ser regulados. Tan simple como lo dice su historia. Y si no se le colocaban marcos precisos, límites a la libertad de hacer y negociar, pasaba que los audaces, los demasiado pícaros o los estafadores de cuerpo y alma realizaban verdaderas masacres con el inversor común, que seguía actuando por derecha, cuando los indeseables tramaban y desarrollaban lo suyo.

Por allí leíamos, en un diario local, una apelación como: «En el país del liberalismo, deben poner controles a su mercado». En franca alusión, intencionada, claro, a lo anunciado sobre reformas en los Estados Unidos y mayor vigilancia -como división de funciones-para lo financiero y bursátil. También se levantaron otras críticas, acaso pretendiendo que esto sucedido resultó obra de una desgracia natural, o de «esquimales» que se apropiaron de los bancos y casas de inversión del Norte y armaron semejante enchastre.

Por aquí no tenemos semejante entuerto, simplemente porque nuestros sucesivos gobernantes se encargaron de extinguir de modo sistemático, y ciertamente sigiloso, a nuestro mercado de capitales. Acaso lo tenemos, trazando un paralelismo, con el modo de entender la democracia. El sistema que más libertades proporciona, sobre todos los demás articulados por las sociedades. Y esta democracia, que más derechos y libertades debe proveer, también tiene la necesidad de ser la que mayores marcos y límites disponga. Pero, sucede que todo intento por hacer más férreos esos límites, o más penalizados las transgresiones a los límites, trae consigo la idea de una «represión» injusta, que por tan vituperada se deja de practicar permitiendo que los hombres -y sus desvíos-se arreglen entre ellos.

Regulación no es una mala palabra, es una palabra que será siempre resistida y combatida por los que necesitan poder armar sus dislates sin que se los moleste, o sin que se los castigue debidamente en el caso de ser hallados con las manos en la masa. En los Estados Unidos, llamativamente, la idea está haciendo agua. Se vienen pareciendo, peligrosamente, a lo que conocemos por estos lares regionales. Donde el delito económico tiene una suerte de privilegio sobre los demás, a pesar de ser uno de los que más daño causan a una nación.

Allá, al lanzar la reforma, el proyecto se fundamentó en la vetustez de las normas vigentes -originadas en la Gran Crisis de 1929- y el modo en que se ven superadas por los métodos modernos, para los que no podrían estar preparadas. ¿Y por casa, qué? ¿Cuándo, en nuestro medio, se tratarán las nuevas figuras y se adaptarán los castigos? Respuesta: quizá nunca. Si el lector ha visto la película «No hay lugar para los débiles», allí encontrará otro gran paralelo.

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