Vivimos en Villa Urquiza. Desde toda la vida. Y hace ya... ¿cuánto hace, a pura memoria, que se encaró la extensión del subte desde Los Incas hasta Monroe? Perdimos la cuenta. Son muchos años para hacer no más de diez cuadras. Obrajes, carriles cortados de las principales avenidas, recambios de autoridades comunales. Pero eso no es nada: se da ahora por cierto que la inauguración quedará para finales ¡de 2010!... Frente a esto, dos estaciones más en una pila de años, hace poco se vieron mapas de la Capital cruzada por todos lados de subtes a extender, a empezar, un festival del subterráneo imaginario. Con semajante muestra actual, los botones que siguen parecen -realmente- solamente fruto de artistas de los planos. Y obras para futuras generaciones, si es que empiezan, cuando no atinan a terminar lo imprescindible. Lo que ya es: impresentable.
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Algún lector, capaz de musitarnos: esto no tiene que ver con la Bolsa..., le decimos, por lo bajo, no lo crea, porque tiene que ver con una manía argentina que cada vez se acentúa más. Colocar lo fastuoso por delante de lo necesario. Lo idealizado, por encima de la realidad. Y hablamos del subte, porque está a mano ahora. Y no seguir con temas remanidos como el «tren bala», el «gasoducto desde Venezuela». Un corredor de la costanera -y siempre Puerto Madero- antes que la calefacción en decenas de escuelas. Y así, una lista que puede ser grosera: sólo de mirarla. Y si es estampa de un país, es también estampa para la Bolsa que lo debe sufrir. Y más todavía se emparenta con lo bursátil: lo fastuoso, antes que lo necesario, puede ser un pecado capital para el que se arriesgue en el mercado.
Hay carteras realmente fastuosas, lejos de ser eficientes. Y que bordean la peligrosa «licuación», porque se extralimitan en la cantidad de nombres, en lugar de ceñirse y limpiarse de los llamados «pesos muertos». En general, siempre ha sido pecado de iniciados, que se van corrigiendo con el tiempo. Perdonables. Cuando se cometen en administración de carteras, o de modo casi profesional, descalifican al autor.
Gobernar, como invertir, responde a un principio tan simple como sabio: saber qué es primero y qué es segundo. (Obviamente, en la vida familiar resulta un consejo para no desestimar.) Parece fácil, pero llevado a la práctica no lo es tanto. Exige disciplina y ser inmune a las tentaciones, que suelen reemplazar a lo necesario por lo superfluo.
Terminar una obra a paso de tortuga, y menos, para anunciar otras -del mismo rubro- y para colmo en cantidad: responde a una administración confusa. Tanto como agregar una acción sin haber removido la que actúa de lastre en la cartera. Una opinión.
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