Y, finalmente, todo el mundo se encontró con la verdad de la cuestión que viene tan conversada (y tan abollada). Una reunión de «los Nobel» -como si fueran aquellos viejos sabios de las tribus, que se juntaban para analizar- dejó como conclusión «que no tienen recetas para salir de la crisis». En verdad, si uno repasa sabrosas disquisiciones de personajes que son «algo» más brillantes que uno, se encuentra con que poseen lo mismo que muchos terrenales simplones. Recetas para haber solucionado «el antes», después que estalló «el después». Y esto ya no sirve, más que para recopilarlo y enviarlo a un libro de historia, sobre crisis financieras globales.
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De todos modos, aparecen algunas bellas e ingeniosas maneras de describir situaciones. Como lo expresado por Joseph Stiglitz -un Nobel de 2001- y apuntando: «La crisis fue un fallo espectacular de los cerebros de la economía. Había una fiesta y el regulador, que formaba parte de ella, no quiso ser un aguafiestas...». Una fina descripción, pero que saca a superficie la verdadera faceta espantosa de todo esto sucedido: que los que debían aplicar los controles no lo hicieron, dejaron correr el tiempo y que se inflara la burbuja. Porque cierto es que nadie hace lo que no le dejan hacer. Y todos tratan de buscarles orificios a las normas, especialmente si éstas son vetustas.
Mohamed Yunus hizo honor al Nobel que le dieron, el de la Paz, y solamente deslizó una expresión de deseos: «Confío en que este problema desaparezca apaciblemente...».
El asunto es que los problemas no se arreglan predicando, o esparciendo ondas de amor y paz. Así como tampoco ha llegado como un castigo de los dioses, sino de los desvíos de mentes embriagadas que no miden consecuencias, en procura de hallar la isla del tesoro.
Hubo, en general, críticas a los banqueros y a los reguladores. Y de tal manera han quedado focalizados los dos gestores verdaderos, del descomunal incendio desatado. Myron Scholes, premiado en 1997, subió la temperatura del pronóstico a niveles muy preocupantes al afirmar: «Reconozco que ahora soy mucho más pesimista que hace un año, sobre las dimensiones que tomó la crisis...». Y si a toda esta reunión de mentes brillantes no le vino una «receta», ni un tiempo aproximado de la terminación de la crisis: ¿qué nos queda a los demás mortales, de razonamientos limitados a acumular novedades y tratar de concluir acerca del presente? Por allí, Daniel MaFadden -Nobel en 2000- se animó a una posible solución para el futuro: fundar una entidad -como la que administra y vigila alimentos y fármacos- para supervisar y certificar los nuevos instrumentos financieros que salen al mercado, para evitar las burbujas. Lo concreto: estamos en manos de Dios.
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