Uno acostumbró a decir en esta columna, desde siempre, que el negocio de la Bolsa es como un cigarro que se quema a dos puntas, no sólo a una. Y si se tiene una tendencia mundial de cabeza abajo para los mercados de riesgo, se debe intentar operar en la dirección indicada. Y nunca, nunca, discutir con el mercado.
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También comentamos muchas veces que, en nuestro medio, cuesta mucho encontrar operadores hábiles «a dos puntas». Y esto pasa mucho más por mezclar los sentimientos, los códigos curiosos, con lo que es -simplemente-un negocio de ganar, o perder. Esa idea de que hay que ser optimistas a ultranza. De que uno se siente como un «buitre» si se coloca en el lado de las bajas, etc., etc. En otras partes esto no entra en los razonamientos de quienes buscan defenderse de una tendencia agresiva, duramente adversa por meses y meses. Un ejemplo en el mayor de los mercados -el NYSE-de hace unas semanas sirve de confirmación práctica y no solamente de hablar en abstracto. Y es que analizando lo sucedido con la caída de Bear Stearns, cuando se decidió -en marzo pasado-apuntalar por vez primera en firme al mercado, inyectando u$s 200.000 millones, se llegó a la conclusión de que se había armado un negocio fabuloso: propiciando no el salvataje, sino el derrumbe de esa entidad en problemas.
Existió un comprador, o un grupo de compradores, que realizaron un esfuerzo concertado para llevar al quinto banco de Estados Unidos a la quiebra. El premio a ello, una ganancia de 270 millones de dólares, al cerrarse el circuito.
Los fantasmales protagonistas -o sabrán ellos, sin decirlo, si los fantasmas tenían nombre y apellido-utilizaron las « opciones de venta» y que dieron a los poseedores el derecho a vender 5,7 millones de acciones de la entidad bancaria, a u$s 30 cada una y 165.000 acciones a u$s 25 cada una, nueve días más tarde.
Lo singular de esto es que tales precios eran menos de la mitad de lo que costaban el 11 de marzo y que rozaba los u$s 63 por acción.
Lo que se dijo es que armar una operación así era como «comprar un billete de lotería». Y se duda mucho de que pudiera ser «un comportamiento racional» el haberse jugado de tal modo.
Simplemente, porque ni siquiera el operador más pesimista hubiera arriesgado a un recorte de 50 por ciento, una semana antes del vencimiento.
A menos, claro, dicen los más escépticos: «Que el tan arriesgado operador supiera 'algo', que el mercado no conociera...». Aquí la senda se abre en dos, porque si efectivamente se trabajó con información confidencial, resulta un delito, severamente penalizado en aquel mercado. Pero, de lo contrario, el trabajar en dirección a la tendencia brindó una fortuna rápida.
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